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THE ECONOMIST
Cuando el exdirector de la CIA, Leon Panetta, pasó el mes pasado a ocupar el cargo de secretario de Defensa, dijo que Estados Unidos está al alcance de "derrotar" a la red Al Qaeda. El presidente Barack Obama repitió lo mismo esta semana.
Aunque la organización aún tiene una presencia peligrosa en países como Yemen, tras una década de los ataques del 11-S, Estados Unidos parece mucho menos vulnerable de lo que fue hace 10 años. Lo mismo pasa con los países europeos, como España y Gran Bretaña, que también fueron víctimas de cruentos ataque terroristas tras los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y también dieron su apoyo a la "guerra contra el terrorismo" lanzada por la administración Bush.
De todos modos, Osama bin Laden tendría motivos para sentirse satisfecho. Uno de los principales objetivos del líder terrorista muerto era llevar a Estados Unidos a guerras en tierras musulmanas. Para el 11 de septiembre de 2001 era difícil pensar en las invasiones a Irak y Afganistán, donde unos 6.000 soldados norteamericanos, y muchos otros más de países aliados, ya han perdido la vida. La Universidad de Brown, en la previa del aniversario de los atentados, presentó un informe en el cual estima que 137.000 civiles han muerto en Afganistán, Irak y Pakistán, víctimas de las guerras. Además, el costo económico de las misiones, solo para Washington, fue de 4 billones de dólares -equivalente al déficit presupuestario del país en un lapso de seis años (de 2005 a 2010).
Hoy Estados Unidos tiene muy poco que mostrar tras su sacrificio, aparte del duro golpe que propinó a la red terrorista. En Irak, por ejemplo, cuando las tropas estadounidenses dejen el país este año no abandonarán a un amigo cercano (el gobierno de Nuri al-Maliki está más cerca de Teherán que de Washington). No hay una democracia plena. Los nuevos gobernantes del país dicen que son demócratas, y en Irak han tenido elecciones. Pero los políticos todavía tienen que mostrar un verdadero respeto por los derechos de las minorías.
El ideal democrático últimamente ha encontrado su camino hacia el mundo árabe desde otra dirección: lo hizo por medio de la Primavera Árabe. En la medida en que ésta marca un repudio en la doctrina de Al Qaeda, con el tiempo debe ser buena para Occidente, así como para los árabes, siempre que los yihadistas no intervengan. Pero Occidente no puede reclamar el crédito de este despertar. Ciertamente no fue inspirado en la invasión a Irak. La mayoría de los árabes se opusieron a la invasión, rechazaron al nuevo gobierno de Irak por considerarlo una marioneta de Estados Unidos.
Mientras tanto, el precio de empujar Al Qaeda al borde de la derrota estratégica ha sido la creación de un nuevo peligro. Persiguiendo a los yihadistas en Pakistán, se ha contribuido a desestabilizar a un país paranoico de 190 millones de musulmanes y poseedor de armas nucleares. Estados Unidos no es el único culpable de esta situación: Pakistán ha jugado un exasperante doble juego al aceptar dinero americano con una mano y ser cómplice de yihadistas variados con la otra.
La superpotencia cometió errores, pero quienes dicen con ligereza que hubo una reacción excesiva a los ataques del 11-S nunca sabrán la devastación que los yihadistas habrían provocado, si Estados Unidos no los hubiera perseguido en las montañas de Afganistán y Pakistán, desintegrando sus redes y obligándolos a esconderse.






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