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Sergio Abreu
No tenemos ni debemos abrigar ningún sentimiento anti-argentino. Pero por historia y por destino expresar con respeto lo que se piensa es una forma de contribuir a un necesario sinceramiento de nuestras relaciones.
Los Estados, los Pueblos y los Gobiernos no son la misma cosa. Los primeros porque en el Derecho Internacional deben ajustarse al principio de igualdad. Los segundos, porque forjan sus afinidades y rivalidades con otros pueblos en el marco de una comprensible intensidad de sus afectos.
Y los terceros, los Gobiernos, porque actúan de forma diferente debido a que, en general, sus máximas jerarquías políticas no están exentas de humores cambiantes ni de la influencia de prejuicios espontáneos o inducidos.
No se trata de vivir de la cultura de la queja ni de sentirse acreedor permanente de la República Argentina; pero no podemos ignorar que, a pesar de que se diga que atravesamos uno de los mejores momentos de nuestra relación, la realidad es otra. Los últimos gobiernos argentinos no han tenido con el Uruguay un trato adecuado; sobre todo, cuando un proceso de integración impone obligaciones que resumen la voluntad política de dos Estados de encauzar un proyecto común signado por la conectividad geográfica y la necesaria cooperación que ella determina.
Si analizamos la agenda bilateral del Uruguay con la Argentina los temas son innumerables; por ejemplo: la balanza comercial es deficitaria para nuestro país en más de 800 millones de dólares agravada por las trabas de dudoso respaldo legal que nuestros productos sufren para acceder al mercado argentino. Por otra parte, las Comisiones Bilaterales creadas por los Tratados de límites de 1961 del Río Uruguay, de su Estatuto de 1975 y del Río de la Plata de 1974 funcionan actualmente bajo una rispidez disimulada y al impulso de una interpretación del gobierno argentino alejada de flexibilidad y de disposición al diálogo constructivo.
El dragado de los canales del Martín García y las autorizaciones para la construcción de dos importantes obras en Nueva Palmira son simples ejemplos de la falta de un debido entendimiento bilateral. Y ésta no se debe a la constatación de conductas ilegales, sino a la voluntad política de buscar todos los obstáculos posibles para que el Uruguay pueda cumplir con su visión geopolítica del Cono Sur en el ámbito de la Cuenca del Plata.
En este contexto la presidenta Fernández y el presidente Mujica intercambian elogios y sonrisas propios de una telenovela plagada de sentimientos fingidos. Hasta el encuentro ferroviario sobre el Salto Grande dejó la sensación de que los temas de fondo siempre pueden postergarse, a sabiendas, de que las dilaciones que la Argentina promueve causan un mayor y un enorme perjuicio a los intereses del Uruguay.
Estas afirmaciones seguramente podrán despertar sentimientos de molestia y discrepancias. Pero la verdad es que si no decimos lo que sentimos sin agraviar, y aun comprendiendo las diferencias que puedan existir, los tiempos siempre van a correr en contra del Proyecto de País que el Uruguay, por su dimensión y su ubicación, tiene que construir y defender todos los días.
El presidente Perón, padre espiritual de estos últimos gobiernos, tuvo el gesto magnánimo de firmar un Tratado de Límites con el Uruguay, largamente postergado basado en una actitud generosa ejecutora de una Política Exterior coherente y fundada en una pragmática visión integradora. Desde entonces hemos convivido con extremismos terroristas, dictaduras militares, libertades reconquistadas y muchos sueños compartidos, pero nos cuesta enormemente consolidar una estrategia complementaria de nuestra realidad geográfica que se sobreponga a importantes intereses en juego o al "ninguneo" que algunos gobernantes argentinos nos han sometido por privilegiar aspectos políticos electorales de su vida nacional frente a las obligaciones asumidas por el Estado argentino en el ámbito del Derecho Internacional.
Nos puede doler muchas actitudes del gobierno Argentino, pero nuestra reacción debe ser de firmeza, respeto y basada siempre en la fuerza del Derecho; pero duele mucho más que nuestro gobierno disimule estas vicisitudes y siga creyendo que las diferencias se arreglan conversando con tanta informalidad como superficialidad, y a veces, hasta aceptando que algunos comentarios de la Presidenta Argentina (como el que hiciera identificando a la bandera del Frente Amplio con la de Artigas) violen el sagrado principio de no injerencia en los asuntos internos de otros Estados.
Lo que hemos expresado no es poca cosa. Porque quienes recurrieron a las armas hace algunos años para alcanzar sus objetivos por la vía más rápida, hoy a la hora de defender el interés nacional, es decir, el trabajo de la gente, la viabilidad de las empresas y el futuro de los proyectos bajo reglas de juego estables viven con el temor de enojar al vecino como si la razón que nos asiste no tuviera fuerza suficiente.
Por eso lo que Herrera definía como retrato del político óptimo, del canciller ideal es bueno reiterarlo en este difícil momento: "En tiempo en que es moda servir los intereses de los imperialismos, con la concesión que comienza por ser doctrinaria … es necesaria una actitud insospechable en defensa de un sentimiento recio y autodefensivo de la soberanía nacional".










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