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Francisco Faig
El recurso de juntar firmas para oponerse a decisiones de gobierno que habían concitado (o podían alcanzar) mayorías en el Parlamento fue utilizado recurrentemente por el Frente Amplio cuando era oposición.
Lo usó como forma de movilización casi permanente. Invocando lugares comunes, simplificaciones, miedos y prejuicios, impidió que se avanzara en la implementación de reformas necesarias y positivas para el país. Pero cuando llegó al poder, se desdijo de (casi) todo lo proclamado en esas campañas.
En 2005, en una conferencia en la sede del Banco Interamericano de Desarrollo en Estados Unidos, Mario Bergara tuvo el triste mérito de apelar a la sinceridad y al cinismo, a la vez, para explicar el cambio. Aseguró que el Frente Amplio llevaría adelante las reformas antes propuestas por los gobiernos de los partidos tradicionales y que ellas se concretarían, justamente, porque la amenaza de impedimentos originados en movilizaciones populares estaba conjurada con el gobierno de izquierda.
Hoy, nuevamente, parte de la oposición recurre a esa movilización ciudadana directa. Pero la finalidad es distinta. No se trata de impedir reformas atizando el miedo y apelando a la demagogia. Se trata de presionar al gobierno para que enfrente, de una vez por todas, al menos dos problemas acuciantes que sufre el país: la educación y la seguridad.
La izquierda no da respuestas eficientes desde sus mayorías regimentadas en el Parlamento. Tampoco cumple con los acuerdos firmados con la oposición en 2010. Descree del encuentro de grandes mayorías legislativas que asienten consensos nacionales en temas de Estado. Se apoya en su hegemonía cultural y, desde ese liderazgo intelectual, transmite al país que vamos por buen camino en plena fiesta de consumo.
Juntar firmas pasa a ser un ejercicio relevante porque quienes se movilizan retoman contacto con la ciudadanía. Ejercitan el músculo militante. Interpelan al gobierno en un terreno de acción legitimado por la izquierda en estos veinte años.
A nadie escapa que el mayor protagonismo es aquí del Partido Colorado. Luego de sus dos peores votaciones de 2004 y 2009, tiene el mérito de ir con convicción a enfrentar problemas reales de los uruguayos. Así, impone una agenda distinta a la del gobierno y toma cierta iniciativa que lo sitúa en el centro del espacio opositor.
Claro está, el mecanismo sigue siendo primitivo. Pierde la riqueza del debate deliberativo propio de una democracia representativa. Plantea posibles reformas constitucionales futuras, sin dar soluciones inmediatas. Pero, justamente por ello, tiene el mérito de mostrar la tremenda parálisis del gobierno en temas sustanciales.
Nadie cree, sinceramente, que sea el camino ideal. Pero si las firmas se juntan, tampoco nadie dudará de que el éxito será doble. Porque quedará demostrada una inserción social y política de signo tradicional que la izquierda política y sindical nunca esperó pudiera darse. Y porque se hará evidente cierto hartazgo ciudadano frente a la incompetencia del gobierno en temas fundamentales.










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