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JUAN MARTÍN POSADAS
Hay errores aritméticos que terminan siendo errores políticos. Tanto ciertos politólogos como algunos dirigentes partidarios elaboran sus análisis y teorías partiendo de la premisa de que, habiéndose terminado el tiempo del bipartidismo, en nuestro país hay tres grupos de votantes. El electorado del Uruguay, según esa visión, se compone de los votantes del Frente Amplio (actualmente el grupo más numeroso) los del Partido Nacional y los del Partido Colorado. Habría algo así como tres lagunas donde pescar votos y el único crecimiento electoral posible sería consiguiendo el traspaso de votos desde un partido al otro. Este razonamiento es falso y no capta las cosas como son. No hay tres lagunas donde pescar votos: hay cuatro.
No sólo no es cierto que la totalidad de los votantes se distribuya entre tres partidos (aunque sea así el día de las elecciones) sino que hay una cuarta laguna, una cuarta categoría, la del votante independiente (o distraído, rebelde, displicente, etc.) que no se reconoce en su casa dentro de ninguna de las tres denominaciones o lemas partidarios reconocidos por la Corte Electoral.
El dirigente que razona en base a los tres colores políticos formales no sólo se equivoca en la aritmética sino que cae en un funesto error político y, por extensión, de táctica electoral. El que piensa que sólo hay tres lagunas donde pescar votos concluye que su partido tiene un único modo de crecer: el trasiego de votos desde la laguna de al lado. Para facilitar ese flujo -y aquí siguen los errores- el dirigente que así piensa buscará parecerse al vecino para que el tránsito del votante no sea tan traumático. El resultado de esto es un partido disfrazado, sin identidad, sin carácter.
La laguna que ha congregado más votantes es, hoy por hoy, el Frente Amplio. En consecuencia, la tentación a disfrazarse tiende a preferir un disfraz frentista como más prometedor. La tentación se refuerza al constatar que el desencanto por las inconsistencias y oscilaciones del gobierno actual está llevando a que muchos frentistas "empiecen a mirar para el campo" como diría el paisano. Aquí viene el definitivo y monumental error. No es lógico pensar que si alguien se quiere ir de un partido porque ya no le gusta, vaya a elegir como nuevo destino a un partido que está tratando de parecerse a aquel que él está dispuesto a abandonar por desencanto.
El atractivo de un partido político (lo que permite que una elección sea eso y no un torneo de engaños) es la identidad partidaria, la claridad con que se planta ante la realidad nacional, la firmeza de sus propósitos y la durabilidad de sus convicciones. En otros países donde los partidos políticos no duran más que un par de elecciones y no son propiamente partidos políticos sino estratagemas electorales, el disfraz y la morisqueta pueden arrojar resultados. En nuestro país, con partidos de más de un siglo, esas maniobras constituyen directamente una infamia (que, además, rinde poco). Los votos que determinan el resultado electoral en el Uruguay se pescan hoy en día (y hace tiempo) en la cuarta laguna. Para ganar no hay que pensar en rapiñarle votos a nadie sino, simplemente, en ser creíbles.
"El atractivo de un partido es la claridad con que se planta ante la realidad nacional".










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