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Y al final el Tea Party tenía razón. Si, el grupo de fanáticos, locos, ultraconservadores, que según los analistas más variados, entre ellos el presidente José Mujica, estuvo a punto de llevar al mundo a la debacle por no querer aumentar el "techo" de la deuda de Estados Unidos, parece que sabía lo que decía.
Esto porque a pocos días de que los legisladores demócratas y republicanos "moderados" lograran un acuerdo para evitar un supuesto "default", explotó la verdadera bomba. La agencia Standard and Poor´s bajó la calificación de la deuda soberana de EE.UU. ante el alarmante panorama que presentan la cuentas públicas de aquel país. Y la tormenta financiera global que ese hecho ha desatado, revela que el festejado acuerdo por la deuda escondía el verdadero motivo de alarma que surge de la economía más grande del mundo; su desbocado déficit y la falta de una decisión política firme para controlarlo.
Eso era justamente lo que venían reclamando en el Congreso el grupo de legisladores republicanos identificados con el llamado Tea Party. No por un capricho fanático, como han querido hacer ver muchos "expertos", sino porque fue el mandato que surgió de las urnas en las últimas elecciones, motivado por la preocupación que el americano medio tiene por la crisis fiscal de su país
Pero para entender la situación, hay que ir un poco para atrás. La crisis del 2008, caracterizada por la quiebra del banco Lehman Brothers, el fiasco de Fannie y Freddie (una especie de Banco Hipotecario estadounidense), y la burbuja de las "subprime", encontró a Estados Unidos en una situación fiscal más que precaria. Los excesos de la era Bush, con sus costosas campañas bélicas y sus paranoicas obsesiones de seguridad habían dejado las finanzas de aquel país en rojo. Y las medidas impulsadas por el gobierno de Barack Obama para reencauzar la economía, consistentes en inyectar miles de millones de dólares al sistema de acuerdo con el manual keynesiano tan festejado por muchos, sólo agravó el panorama.
Sobre todo porque esa masiva inyección de capital por parte del gobierno, al igual que viene sucediendo en Europa donde el problema ha sido aún mayor, no logró su objetivo de estimular el crecimiento de la economía. Así, en la antesala del recordado episodio del pasado 2 de agosto, el problema de fondo no era tanto el formalismo de elevar el límite a la capacidad de endeudamiento del gobierno estadounidense. El gran tema era de hasta dónde el mundo iba a ver con buenos ojos que ese país siguiera gastando dinero del cual no dispone, y que toma prestado del exterior o genera en base a encender la maquinita de fabricar dólares que tiene la Reserva Federal, con la consiguiente depreciación de la moneda que ello genera.
Este episodio, del cual aún están por verse las consecuencias finales, sirve para sacar importantes lecciones en materia política y económica. La primera es que fenómenos sociales como el movimientos del Tea Party (que va bastante más allá de figuras grotescas como Sarah Palin), no pueden ser tomados a la ligera o frívolamente. Sobre todo cuando se dan en un país que históricamente se ha caracterizado por su mesura y sensatez a la hora de votar.
La segunda, es que nuevamente queda en entredicho la visión política y económica que implica que ante una crisis, o sea ante una situación en la que un gobierno se queda sin dinero, la solución es seguir gastando, aunque para ello deba endeudarse hasta límites insostenibles. Como lo sabe cualquier ama de casa (parafraseando al presidente Mujica) la única solución a este problema es cortar gastos y ahorrar. Por más que una legión de sesudos economistas insista en pretender explicar que dos más dos, puede llegar a sumar cinco.
Esa ha sido históricamente el gran problema de las doctrinas socialistas, o como se suele decir ahora de manera más sofisticada, "keynesianas". Porque como sostuvo alguien alguna vez, el problema de estas doctrinas es que el dinero de los demás, tarde o temprano, siempre se termina acabando.








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