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Sebastián Da Silva
El mundo se cae a pedazos. Hemos vivido una cuenta regresiva sobre la capacidad estadounidense en absorber su deuda pública.
Hace años que las tasas de interés internacional son nulas. Se discute la vigencia del dólar, y del euro como paradigma de fortaleza financiera. Se necesita más comida de la que el planeta produce. Los biocombustibles son la única forma de sustitución del petróleo.
En este contexto el Uruguay, el mismo país que hace nueve años tuvo una caída de la mitad de sus reservas, una tasa de desempleo del 20%, una pobreza que obligó al Estado a prestar asistencia a su gente más necesitada con un guiso criollo para que no se muera de hambre o de frío, y en donde quebraron la totalidad de sus bancos nacionales, hoy está inmerso en un debate contra natura sobre qué hacer con tantas buenas casualidades.
Todo el contexto nos favorece, por la calidad de nuestros suelos, por nuestra capacidad de producción, por nuestros avances en la generación de proteínas, y últimamente también por la novedad de que además de todo esto tenemos un océano de hierro en la ruta 7. La ley del péndulo nos está devolviendo nuestras oportunidades. Tenemos todo para ganar.
En el sistema político nadie ve esta perogrullada. Estamos discutiendo la ley de gravedad, con el riesgo de que terminemos llevados por esta misma ley con la ñata contra el piso.
Todo el episodio de Aratirí es una vergüenza. Es una clara muestra de que hoy reina la mediocridad, más que la visión de futuro.
Tenemos un gobierno que no es claro, que tiene complejos para impulsar un complemento tan millonario a la producción nacional e imponer otra forma de generar riqueza como es la minería.
El Presidente como en casi todas las cosas, va, viene, se desdice, plantea un plebiscito, se enoja y termina proponiendo la genialidad de crear una comisión para analizar el tema después de dos años con el tema arriba de la mesa.
Un ex ministro de Minería propone la prohibición de la minería a cielo abierto, ahora y no cuando tuvo todas las potestades institucionales para hacerlo.
Mis correligionarios blancos, dividen sus preferencias entre la respetable defensa del medio ambiente, o la nacionalización del recurso.
Se proponen formulas matemáticas, hay reproches, enojos, y discusiones en un debate que lleva indefectiblemente a una reacción de los inversores.
Un escolar entiende que los inversores frenen el impulso ante tanta discusión, es obvio que en algún momento las fuentes de financiamiento puedan tener ciertos recaudos ante tanto bochinche.
Nadie en su sano juicio va a poner toneladas de dólares en algo que no se sabe, si se va a prohibir, plebiscitar o nacionalizar, sea la explotación del hierro, el petróleo o las crianzas de ranas. No ver esto es otro síntoma de perfilismo cortoplacista.
Mucho me temo que sigamos en la misma, hoy con el hierro, ojalá mañana con el petróleo y con las muchas posibilidades que un país pobre como el nuestro tiene, para dejar atrás su pasado.









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