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JORGE ABBONDANZA
La nota publicada hace unos días en El País aludía a 61 edificios de valor patrimonial que Montevideo debería proteger. Esas construcciones no figuran en la lista de Bienes de Interés Municipal ni en la de Monumentos Históricos, dos categorías capaces de salvarlas de la demolición o las modificaciones. Las 61 obras arquitectónicas, junto a otras 57 del interior del país, fueron propuestas en 2004 por un informe del Instituto de Historia de la Arquitectura (que forma parte de la respectiva Facultad) y el tema reapareció en estos días al derruirse dos casas diseñadas por Román Fresnedo Siri en 1946, que se levantaban en la calle Ponce.
La conciencia de los montevideanos sobre el interés patrimonial de ciertas edificaciones de la ciudad, es un tema con historia muy corta. Buena parte de esa conciencia fue despertada hacia 1980 por el Grupo de Estudios Urbanos con su campaña de sensibilización en la materia, denunciando a esa altura la hilera de demoliciones que había afectado a la ciudad en un período de irresponsabilidad oficial que derivó en la pérdida de bienes invalorables como el Mercado Central, el Palacio Jackson, el Bazar Colón, el Palacio Golorons, la Caja de Ahorros y Descuentos, el Teatro Artigas o la residencia Gallinal, entre muchas otras obras cuya desaparición fue permitida por autoridades de la Intendencia y del Ministerio de Cultura poco dignas del cargo que ocupaban.
Lo malo no es solo que aquellos jerarcas descuidados y bastante ignorantes hayan patrocinado la pérdida de riquezas urbanas. También es malo que su demolición obedeciera al espíritu de lucro de especuladores inmobiliarios y que tales construcciones fueran sustituidas por otras desprovistas del carácter, la nobleza, la historia y la hermosura de las precedentes, como puede comprobarse en las esquinas de Juncal y Reconquista, Colonia y Río Branco o 18 de Julio y Paraguay. Lo peor es que en algunos casos la demolición dejó simplemente un baldío, como ocurre en Andes y Colonia desde hace 35 años.
Por eso es doblemente estimable que algunos arquitectos de hoy se muevan confeccionando listas para dar un respaldo a los bienes que deben preservarse. Y esa estima por el pasado redobla su valor porque en muchos casos los ejemplos de arquitectura montevideana contemporánea son casos de pobreza formal, ausencia de un sello personal, adocenamiento y precariedad de recursos expresivos, lo cual permite dudar de los métodos con que se forma a los estudiantes o se estimula su relación con la belleza. Ante ese panorama es más recomendable que nunca defender lo que existe, porque no hay muchas garantías sobre la calidad de lo que podrá sustituirlo.






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