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JUAN MARTÍN POSADAS
El engendro no fue aprobado; lo que pergeñó el Frente Amplio para hacer desaparecer la Ley de Caducidad se estrelló contra la pared. Todo lo que se puede decir sobre el episodio ya ha sido dicho y repetido cien veces. No voy a insistir para no correr el riesgo de que el sacrificado lector me abandone aquí mismo.
Queda por consignar el pasmo y la incredulidad. Es increíble la contumacia del Frente Amplio por un proyecto calificado como jurídicamente inaceptable. Es increíble la obstinación en llevarlo adelante a pesar de los costos políticos fácilmente perceptibles. Es increíble el protagonismo del Canciller en una materia que no le compete y de la que poco entiende. Es increíble la actitud del Presidente Mujica, la facilidad con que oscila de una postura a otra, la serenidad con que desmiente sus compromisos preelectorales. Es increíble la actitud del vicepresidente que vota calladito en el Senado y luego dice a los Diputados que no voten. (La voltereta de Tabaré Ramón no es tan increíble…). El país entra en un período de perplejidad y expectativa. No es una expectativa promisora, como la de una familia que espera un nuevo vástago sino expectativa temerosa: todo ha sido tan increíble que sólo queda rezar.
En un afán por salirme de lo repetido voy a dirigirme hacia otros terrenos de reflexión. Se ha dicho que quienes han impulsado y fogoneado esta iniciativa llevándose por delante al Presidente y a la propia bancada del Frente Amplio han sido los militantes. Ellos serían quienes dominan las autoridades del Frente: el Congreso y la Mesa Política, aunque sus entusiasmos y concepciones no coinciden con las de la mayoría de los votantes del Frente (y aún de sus legisladores).
Que la posición impulsada -con éxito interno aunque condujo al fracaso externo- esté lejos del sentir del frenteamplista promedio es cierto. Que provenga del ímpetu de la militancia es falso.
Hay abundante literatura sociológica referida a lo que pasa en los procesos de representación (por ejemplo Marc Ferro, sobre los procesos de bolchevización en la URSS). También P. Bourdieu se ocupa del tema y describe cómo los grupos de base de una organización incipiente se forman en torno al fervor y a la discusión abierta y participativa. Luego viene un período en que esos grupos tienen que elegir su representante. Al consolidarse esa representación, los participantes comienzan a hablar menos y luego a asistir menos: el representante habla y hace por ellos. (Bourdieu habla de "impostura legitimada"). Así nace el hombre del aparato, el aparatchik (sea el aparato político sea el sindical). Esa persona empieza a tener intereses propios, además de la representación, vinculados a su situación personal (ahora vive de eso, está liberado para la acción partidaria o sindical) y a su identidad (ahora ES eso). Los comités de base han desaparecido y los órganos internos de dirección del Frente Amplio están integrados por gente del aparato (que los de afuera no conocemos: pasan a ser personajes míticos, como Marenales). No ha sido el fervor militante, puro pero exagerado, lo que ha impulsado al Frente Amplio sino los hombres del aparato. Dada su influencia es bueno que sepamos esto.







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