CIUDAD DE VATICANO | AFP Y ANSA
Para no perderse el gran día de la beatificación de Juan Pablo II, algunos peregrinos reservaron habitaciones en hoteles de lujo de Roma; otros, pasaron la noche descansando en una bolsa de dormir, en las calles de la Ciudad Eterna.
Al evento asistió una multitud -cerca de un millón y medio de personas- proveniente de diferentes partes del mundo, muchas de las cuales siguieron paso a paso y de cerca en la Plaza de San Pedro todas las fases del que fue un día histórico.
Pero también fueron muchos los que en el momento de la beatificación, precisamente a raíz de la muchedumbre, se encontraban a 1 km de distancia del corazón de la fiesta.
No faltó quien enviaba las imágenes de San Pedro vía i-Phone o quien -como le ocurrió a un grupo de peregrinos procedentes de la ciudad de Milán, del Norte de Italia-, tuvo la suerte de poder instalarse en las sillas dispuestas por los organizadores a las puertas del Vaticano. "Lo importante es estar y sentir el clima que hay hoy en la Santa Sede", dijo uno de los fieles milaneses, mientras que a su alrededor circulaba gente de diversos países y razas.
Se distinguían mujeres africanas con sus atuendos multicolores, algunas de las cuales llevaban los retratos de Juan Pablo II, religiosas de la India, muchísimos polacos con banderas de su país en la mano, jóvenes de Europa (Francia, España y, lógicamente, muchos de Italia). Y muchos latinoamericanos.
Por doquier se escuchaban decenas de idiomas, una diversidad que pareció fusionarse en el gigantesco aplauso que estalló tras la proclamación del beato Juan Pablo II, mientras abundaban la emoción y las lágrimas en los rostros de muchos fieles.
Los peregrinos comenzaron a llegar y a instalarse en los alrededores de San Pedro en la noche del sábado, abarrotando incluso los barrios aledaños, como el que los romanos llaman "il Borgo". Hacia las dos de la mañana, con tres horas de anticipación a la ceremonia, fueron abiertos los accesos a la Vía de la Conciliación que llevan a la Plaza, mientras las medidas de seguridad se iban reforzando bajo la atenta mirada de los responsables del orden.
Frente a tanta gente, no faltó quien se sintió mal y quien se desplomó. También hubo malhumores y uno que otro empujón. En total, precisaron fuentes oficiales, un centenar de personas fueron atendidas por el personal médico.
Tampoco faltaron las protestas, y más de un peregrino se quejó de la "desorganización": "Esto es una pesadilla", dijo un joven, mientras no muy lejos de él una señora se hacía atender tras recibir un golpe en un pie. "He estado en Fátima y en muchos santuarios. La verdad -subrayó- nunca me pasó nada: hoy no hay una buena organización".
Mas allá de estas quejas, la organización global del gigantesco evento fue positiva, según comentaron muchos peregrinos, quienes destacaron la suerte que hubo desde el punto de vista meteorológico. Según las previsiones, ayer iba a llover, pero no fue así y los paraguas e impermeables quedaron dentro de los bolsos.
Jóvenes presentes. Cientos de jóvenes provenientes de todo el mundo, la generación crecida durante el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), también invadieron ayer la plaza de San Pedro para festejar al "héroe" que marcó sus vidas, beatificado por su predecesor Benedicto XVI.
"Era una luz que iluminaba al mundo", sostiene con timidez Ada, una nigeriana que quiso viajar a Roma para asistir a la imponente ceremonia, con cientos de delegaciones oficiales y periodistas acreditados.
"Era un gran santo, se merece acompañarlo. Siento mucha alegría de estar aquí, lo conocí cuando fue a Barcelona", sostiene el español Dany, de 20 años, quien viajó 14 horas en ómnibus desde la ciudad española para asistir a la ceremonia junto con otros muchachos de su parroquia.
Grupos de latinoamericanos, muchos de ellos religiosos que estudian en Roma, figuraron entre los más entusiastas por la beatificación del Papa que visitó todos los países de América Latina.
"Es emocionante estar aquí. Es como reencontrarlo. Cuando fue a Colombia en 1986 yo era joven, ahora siento como si lo volviera a ver. No me imaginaba poder asistir a su beatificación", contó emocionada la monja colombiana Patricia Fajardo, de unos 40 años, del Instituto Hijas de la Iglesia.
Cuando Benedicto XVI clamó en latín la fórmula oficial que lo catapulta entre los beatos de la Iglesia, muchos lloraron de emoción, se arrodillaron, aplaudieron, se daban la bendición.
"Juan Pablo II fue una figura importante, que nos llenó de fe y esperanza", comentó la ministra de Relaciones Exteriores colombiana, María Ángela Holguín, quien también recordó la visita hace 25 años a Colombia, donde clamó por la reconciliación entre los colombianos.
"Tuve la impresión de que todos estábamos unidos", sostiene por su parte Geneviève, de República Democrática del Congo. "Es el primer Papa que se ha interesado en África. Para mí esta es una ocasión para volver a encontrarlo", comentó.
"Es muy emocionante estar aquí. Es como reencontrarlo", señaló una monja colombiana.
Una multitud asistió a la vigilia de oración
CIUDAD DE VATICANO | Unas 200.000 personas asistieron el sábado en la noche al Circo Máximo para la Vigilia de oración y testimonios dedicada a la beatificación de Juan Pablo II, indicaron fuentes policiales.
"Siento su presencia aquí, la siento fuerte", clamó el cardenal polaco Stanislaw Dziwisz, por más de 40 años el secretario privado de Karol Wojtyla y considerado su "hijo putativo".
El purpurado, que lo acompañó hasta su muerte el 2 de abril del 2005, contó ante la muchedumbre silenciosa y respetuosa que la noche que falleció el pontífice cantó el Te Deum de acción de gracias y no el Requiem de muerte "porque estaba convencido de que murió santo", dijo.
A la Vigilia, que se inició a las 20 horas locales, asistieron numerosos jóvenes, religiosos y peregrinos provenientes de países de todo el mundo, los cuales enarbolaron banderas o iluminaron con antorchas la sugestiva explanada, una pista de carreras durante el imperio romano.
Una serie de videos con imágenes claves de la vida del nuevo beato fueron proyectados en una inmensa pantalla. Luego siguió la increíble historia de la curación milagrosa de Marie Simon-Pierre.
Tras la Vigilia de la llamada "noche blanca" de oración, permanecieron abiertas ocho iglesias de Roma, en las que los fieles pudieron confesarse en varios idiomas y prepararse para la ceremonia en el Vaticano, a la que asistieron 86 delegaciones del mundo entero. AFP
Sacerdote uruguayo estuvo presente
"Lo que unía a los presentes era el agradecimiento"
Arturo Bellocq, sacerdote uruguayo que vive en Roma y trabaja como profesor de Teología en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, fue uno de los presbíteros que participaron de la ceremonia. Y estuvo en una de las primeras filas de cara al Papa Benedicto XVI.
"Nunca había visto tanta gente junta", contó a El País. "Había muchas familias con hijos, muchos jóvenes, muchos enfermos en sillas de rueda, banderas de todo el mundo".
El sacerdote resumió lo vivido al recordar lo que decía un cartel muy grande que volaba sobre la Plaza de San Pedro, rodeado por globos, "Deo Gratias!" -Gracias a Dios-.
"Creo que es un buen lema para resumir lo que sentíamos los cientos de miles de personas que estábamos ahí y los millones de personas que vieron la ceremonia en todo el mundo. Gracias, porque a pesar de los pronósticos de nubes y lluvia tuvimos un día precioso. Gracias, porque en esa plaza y en toda Roma se siente la universalidad de la Iglesia, con todas las banderas, también uruguayas, los colores, los idiomas, la misma sonrisa en caras tan distintas", comentó.
"Después de la homilía hubo unos tres minutos de silencio para la oración personal. Para mí fue el momento más emocionante de la celebración. Me preguntaba y le preguntaba a Dios por qué tanta gente, por qué tanto fruto en una sola vida, por qué. Y enseguida me acordé del único aplauso largo que interrumpió la homilía del Papa, cuando recordó la frase con la que Juan Pablo II empezó su Pontificado: `¡No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo!` Eso fue lo que hizo él en su vida".
"Lo que unía a todos los presentes, a pesar de tantas diferencias, era el agradecimiento a Juan Pablo II", concluyó el padre Bellocq. C.B.