Pablo Da Silveira
Frente al pavoroso problema de deserción que afecta a la enseñanza media, las autoridades educativas decidieron crear una beca de ocho mil pesos anuales que en 2011 será otorgada a 1.600 estudiantes considerados en riesgo de abandonar sus estudios. Frente al creciente problema de inseguridad que existe en los liceos, decidieron aumentar el personal de portería y reforzar el servicio 222. Ninguna de estas medidas merece una aprobación ni un rechazo totales, pero ambas pueden ser indicio de una actitud preocupante.
La primera medida puede ayudar a que ciertos chicos permanezcan en el sistema y estimularlos a tomar más en serio sus estudios. Al menos eso puede ocurrir si efectivamente se ejecutan las contrapartidas que fueron anunciadas. Pero las medidas de este tipo también generan peligros bien conocidos. Entre ellos el riesgo del clientelismo y el posible efecto expulsivo sobre muchos estudiantes que, estando en situaciones similares, queden con las manos vacías. Por un estudiante que sea "asegurado" mediante la beca, puede haber varios que agreguen un nuevo motivo de desaliento. Las estimaciones de impacto son cruciales para el éxito de estas políticas, pero nada indica que se hayan realizado.
La segunda medida puede ayudar a reducir la epidemia de violencia que se ha vuelto moneda corriente en nuestros centros de estudio. Pero estas soluciones tienen alcance limitado (la docente que fue apuñalada a pocas cuadras del liceo de Shangrila no hubiera estado más a salvo con ellas) y en general tienden a la escalada (en 1998, la autoridad educativa del condado de Los Ángeles, California, autorizó el uso de armas largas a los guardias que vigilan los liceos públicos).
Lo esencial, sin embargo, es que ninguna de estas medidas constituye una respuesta de fondo a nuestros problemas. La solución para que los estudiantes no abandonen los centros de estudio consiste en darles una educación que aumente sus oportunidades de conseguir empleo, mejorar su ingreso y seguir perfeccionándose. Si esos efectos se produjeran, muchísimos chicos tendrían razones para seguir estudiando aunque nadie les pagara. Pero eso exige un curriculum donde no exista astronomía como materia obligatoria.
La verdadera solución al problema de la violencia consiste en convertir a los centros de estudio en comunidades educativas donde no haya alumnos, docentes ni padres anónimos. Pero eso exige eliminar el actual sistema de distribución de horas docentes, cambiar radicalmente el perfil de los directores y modificar las formas de administración de los recursos. Las autoridades educativas pueden decir que todo esto está muy bien pero que deben tomar medidas de corto plazo. Y algo de razón tienen. Pero lo preocupante es que, mientras se toman estas medidas de corto plazo, no se hace nada por eliminar los bloqueos que impiden llegar a soluciones de fondo.
Si pretendemos mejorar la educación mediante medidas que no afecten la lógica interna del sistema, estaremos intentando achicar con un balde la inundación que nosotros mismos estamos provocando.