MATÍAS CASTRO
No me canso de repetir (porque este espacio sale todos los días y hay temas que vuelven una y otra vez), que los gatos de nueve vidas y los que siempre caen parados no son precisamente los felinos. Están en el mundo de la farándula. Hay en otros ambientes, por supuesto, y es probable que casi cualquier lector de esta columna pueda citar el caso de alguien cercano que siempre cae parado. Pero en la farándula son más espectaculares, no se puede negar. Por ello hablamos de Lindsay Lohan todos los días o todas las semanas.
Lohan fue condenada a cuatro meses de cárcel el viernes pasado y, cinco horas más tarde, había logrado evitar la condena al pagar setenta y cinco mil dólares de fianza. Lindo ejemplo para el resto de la sociedad. Pero no caigamos en purismos que es demasiado pronto. Si vemos el caso con un simple repaso de los hechos, descubriremos que Lohan, actriz que en algún momento fue muy elogiada pero que últimamente no ha podido concretar un solo proyecto, ya había esquivado al juez con bastante elegancia más o menos un año atrás. Una orden judicial la citaba en Los Angeles, pero ella se quedó en Europa, disfrutando de fiestas varias.
Días después volvió a Estados Unidos y terminó ante el juez. Fue condenada a prisión por tres meses pero estuvo poco más de una semana, debido a la sobrepoblación carcelaria. Esa condena fue terriblemente comentada en todo el mundo e incluso fue portada de esta sección del diario. La muchacha salió en libertad, se internó en un centro de rehabilitación del que pudo salir en más de una oportunidad y, finalmente, volvió a su casa. A esto le siguió una investigación por robo de un collar que desembocó en esta condena que, aunque mayor que la anterior, fue evitada con más facilidad.
Cuando yo era chico se decía en broma "Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago". Parece que eso no solo se lo toman en serio en algunos ambientes de la política sin que la farándula lo cumple muy bien.