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Es verdad que el idioma empleado para hablar o escribir, funciona como un organismo vivo y por lo tanto es natural que esté sujeto a cambios, de acuerdo al uso que cada época hace de esa herramienta de comunicación, que es además un vehículo de conocimiento. Pero una cosa es la flexibilidad -a la que suele plegarse la Academia de la Lengua con las incorporaciones que figuran en cada nueva edición de su diccionario- y otra cosa es la anarquía verbal o escrita en la que se incurre por culpa de la ignorancia, la imitación de modelos dudosos o el capricho.
Buena parte del sector de la humanidad que maneja el español como su primera lengua, lo descuida o lo destroza porque es víctima de situaciones adversas, como los pésimos planes de enseñanza bajo los cuales se ha formado, como los ámbitos familiares o sociales poco propicios para cultivar el lenguaje, o como los errores que cometen ciertas figuras públicas (políticos, periodistas, dirigentes) que la gente oye hablar creyendo que lo hacen correctamente. La consecuencia es que el vocabulario, la gramática y la sintaxis están fuera de control, y lo peor es que no existe una policía del idioma capaz de corregir a los equivocados.
Un profesor que hablaba hace unos días por radio, dijo "hubieron problemas" en lugar de "hubo problemas". Una autoridad de la Enseñanza Primaria que formulaba declaraciones por televisión, dijo "quiebre" (palabra inexistente) en lugar de "ruptura" o "quebrantamiento". Una figura de la política, rodeada de varios micrófonos, dijo "puédamos" en lugar de "podamos". Un dirigente sindical opinando sobre un conflicto dijo "si estarían" en lugar de "si estuvieran". Algunos cronistas deportivos refiriéndose a un equipo dicen "concentró", "clasificó" y "entrenó", en lugar de "se concentró", "se clasificó" y "se entrenó", porque se trata de verbos reflexivos y exigen el agregado de esa partícula.
Un conductor de programas de televisión dijo "atrás mío" en lugar de decir "detrás de mí", que es lo correcto. Otro se refirió a un cinematografista y dijo "viene de dirigir" (que es un galicismo) en lugar de decir "acaba de dirigir". Otros creen que pronuncian la "y griega" como se hace en el Río de la Plata, pero dicen "plasha" o "rasho" en lugar de "playa" o "rayo". Algunos otros, aunque sean profesionales hablando ante una audiencia, repiten palabras inglesas de uso habitual, y sin embargo lo hacen con una pronunciación impropia, porque no dicen "show" sino "yow", no dicen "shopping" sino "yopping", no dicen Shakespeare sino Yakespeare. Hay curiosidades para todos los gustos.
También hay pintoresquismos que pueden pescarse por escrito, como la traducción al español de una nota periodística escrita en italiano, que se publicó en un diario local y decía "el presidente napolitano" donde debió haber dicho "el presidente Napolitano" (es decir Giorgio, jefe de Estado en Italia), porque Nápoles es una ciudad que no tiene presidente, cosa que el traductor debe ignorar. En la crónica policial de otro diario se mencionó a la Pasta Base con mayúsculas en medio de una frase, como si el nombre de esa droga fuera una marca registrada. Y casi todo el mundo habla o escribe sobre "la intendenta" montevideana o "la presidenta" argentina, olvidando que esas dos denominaciones son participios activos y que nombrar así a esas funcionarias es lo mismo que llamar "cantanta" a la mujer que canta o "informanta" a la que informa. Pero algunos creen que esos vocablos en femenino combaten la discriminación de género y favorecen la igualdad entre los sexos. Así estamos.
Casi nadie se alarma, sin embargo, y por eso mucha gente seguirá hablando de la intendenta, del equipo que entrena, de la Pasta Base o del presidente napolitano. La masa de jóvenes que no estudian y el 25% de los alumnos que repiten el año, contribuirán a que nada de eso mejore. Lo malo es que en el futuro ya no será fácil entender lo que se escucha o lo que se lee por ahí.








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