Ricardo Reilly Salaverri
Para prevenir el crimen han habido escuelas numerosas. Ferri y Lombroso, en el pasado, creían que se podía saber cuando una persona era proclive al delito estudiando los caracteres físicos. Así, por ejemplo, analizando casos, decían que un ser humano con brazos más largos de lo común y miembros inferiores relativamente cortos -de aspecto simiesco- podía concluirse tenía propensión al homicidio. Concluían que los más difíciles de caracterizar eran los proclives a la estafa. Tenían el engaño incorporado al perfil anatómico.
Vinieron luego las investigaciones sicológicas. El rechazo a un padre autoritario, el abandono familiar, la traición de una mujer o de un amigo, etc., más la agresividad y el descontrol congénito, etc., debían considerarse elementos que facilitaban la comisión de diversos crímenes (curiosamente dentro de esta escuela cabría ubicar al cierre del "caso Feldman", que se resolvió con una universalmente rara "autopsia sicológica" post mórtem, que concluyó en que el contador de antecedentes izquierdistas, que había reunido ametralladoras, escopetas y pistolas, más municiones, como para armar varios regimientos de guerra, y se hizo matar, era en realidad un loco que coleccionaba armas y se involucró en una batalla personal, de puro loco nomás).
Finalmente, el inventario podría ser más largo, aparecieron quienes sostienen que el delito se asienta en las condiciones sociales, culturales, y socioeconómicas. Este punto de vista tiene derivaciones que muchos no compartimos. Una es la de creer que es la sociedad con sus injusticias la que fabrica a los delincuentes y en la práctica, lleva a abrir las puertas de las cárceles para rehabilitar a los presos y a prohibir a la policía detener gente en actitud sospechosa circulando por la calle en averiguación (política del Ministro socialista Díaz en la anterior administración).
Sobre prevención y rehabilitación existen monumentales volúmenes de literatura. No obstante, hay un tema impostergable que hace a la razón primera del Estado, que es el ejercicio de la legítima autoridad.
Y, al anterior gobierno y al actual, influidos en amplios sectores de su espectro ideológico, por el rechazo al ejercicio de la autoridad, sustentada en la Constitución y la Ley, les cuesta agarrar el toro por las "guampas" y asumir, que mujeres y ancianos que circulan por las calles, choferes de taxis, guardas y choferes de ómnibus, comerciantes -particularmente los de los lugares más modestos de nuestras ciudades y pueblos- y los hogares, son víctimas a diario de una guerra desatada por la droga y el crimen a secas. Que deja a víctimas robadas, lesionadas, parapléjicas y asesinadas. De forma indiscriminada, bestial, alevosa y cobarde.
Y, mujeres y hombres del común, en esto no hay ideología que separe, están -estamos- hartos de discusiones bizantinas sobre las que nadie sabe ya que es lo que sostiene tal o cual dirigente político y en lo que, con leyes y plebiscitos, tolerancia cero y mano dura, o lo que sea, lo único que se pide es que alguien haga ya de las víctimas de hoy, el bando victorioso de esta guerra.