AYUKAWAHAMA | THE NEW YORK TIMES
Seiko Taira y su familia se han asentado en una sombría rutina desde el embate del tsunami: Sus hijos buscan leña donde pueden; ella y una hija sacan agua del pantano; y su nieto espera su única comida del día.
El "menú" es un paquete de la oficina municipal que suele contener un pedazo de pan, unas pocas latas de atún y una taza de fideos instantáneos.
Este día, su nieto de 4 años de edad encontró una golosina inesperada: tres contenedores de yogur, la primera vez desde que las olas azotaron la costa.
"Mami, ¿yo también puedo comer yogur?", suplicó. "Si comes ahora, quizá no tengas nada mañana", respondió ella.
Mientras cientos han buscado ayuda en refugios bien abastecidos, quienes quedaron atascados en sus propios hogares temen perderse en las grietas del sistema. Esencialmente, muchos quedaron varados por las olas que derribaron caminos y el suministro tanto de electricidad como de agua. Fieles a un fundamental carácter japonés de "gaman", o resistencia, están manteniendo un animado estoicismo que enmascara una profunda ansiedad.
"Cuando veo a la gente mayor, y cuán felices están por tener solo una comida al día, no puedo quejarme", dijo Taira, de 54 años de edad, cuyo rostro revelaba una determinada sonrisa. "En esta parte de Japón, somos fuertes y resistentes".
La penuria es particularmente aguda para gente como Taira, quien, para empezar, vivía en el extremo de la línea oficial de pobreza, quedando sin ahorros o reservas de alimento para sobrevivir cuando llegaron las olas. Incluso si hubiera tenido dinero, muchas tiendas están vacías, o fueron tragadas por las olas.
Esto ha creado escenas de privación que parecen fuera de lugar en esta rica nación. "Es difícil creer que es Japón", dijo Taira, quien percibía el equivalente a 1.500 dólares mensuales por su trabajo en un hotel de la llegada de la marejada. "Nunca imaginé que llegaríamos a esto", se lamenta.
Algunos días, Taira y su hija menor, Yumi, de 17 años, peinan la zona devastada por el tsunami en busca de cualquier cosa que puedan aprovechar, particularmente latas de comida que el mar arrojó. Llena de culpabilidad, Taira describió cómo se había hecho de una gran olla de los restos flotantes, misma que ahora usan para hervir agua.
"¿Se considera saqueo tomar una olla? La necesitamos para sobrevivir", dijo, revelando su inquietud.
"No es saqueo, es reciclaje", dijo su hijo mayor, Horoyuki Akimoto, pescador de 28 años, tranquilizándola.
Taira dijo que recordaba las olas que llegaron el 11 de marzo como muros negros de agua, los cuales consumieron rápidamente a este poblado de 1.400 habitantes, uno de los tradicionales centros balleneros del Japón. Varada al principio en el palacio municipal, ella finalmente llegó a su hogar un día después, caminando por una montaña. Allá, no solo encontró a Yumi, quien vivía con ella, sino también a sus dos hijos, su otra hija y su nieto.
Durante la primera semana, sobrevivieron con la comida de en su cocina, que era más que abundante de lo usual porque, casualmente, ella había ido de compras la mañana previa al sismo. Pero, a medida que los anaqueles se fueron vaciando, ella se debatía agónicamente entre pedirle ayuda o no al municipio.
Al principio, la familia se negó, diciendo que la gente de esta región del norte era orgullosamente autosuficiente. Después, oyeron por la radio sobre centro de evacuación en otros poblados que recibieron duros impactos, los cuales estaban recibiendo ayuda. Ella contó que ni un solo oficial había revisado su barrio, que yacía en la seguridad de una colina cercana a un santuario sintoísta.
"Me empezó a molestar que hubiera desigualdades", comentó Taira. "Fue en ese momento que decidí ir a buscar ayuda".
"Si sufrimos, que todos suframos al mismo nivel", agregó su hija mayor, Satomi Kanno, de 33 años, quien trabajaba con su madre.
Los funcionarios respondieron con una entrega diaria de comida. Cuando llegó una hace poco, el hijo de Kanno, Riku, se puso en movimiento de un salto, rugiendo de alegría y gritando: "¡Soy un dinosaurio!``. Tomó la única pieza de pan y empezó a devorarla de inmediato.
Más tarde, cuando Riku no podía oírlo, Kanno dijo discretamente que los adultos se aseguraban de que él recibiera más comida que ellos. Sin embargo, ella desearía ser capaz de darle una barra de dulce, lujo que no viene en las entregas diarias.
"Riku entiende que tiene que resistir, igual que todos nosotros", dijo, frotando suavemente el cabello del niño.
"Riku soportará", dijo el niño, refiriéndose a sí mismo. "Ya no hay nada en las tiendas, Mamá, ¿cierto?".
Kanno dijo que la familia estaba intentando crear una reserva apartando una porción de lo que llegaba cada día, solo por si los envíos fueran interrumpidos. "Ahora dependemos totalmente del municipio para tener alimento", notó.
Ella también compartió sus temores con respecto a su propia salud. Padece el síndrome de Zollinger-Ellison, que se relaciona con un pequeño tumor en su intestino, y solamente tiene medicina para cuatro días. Riku, quien tiene un "hoyo en el corazón", también tenía programada una revisión de rutina, y ella temía que el tsunami y la forma de vida como refugiados hubieran ejercido tensión sobre su corazón.
"Si tan solo tuviéramos 25 litros de gasolina``, dijo, refiriéndose a los casi 7 galones que se necesitan para conducir al hospital universitario donde ambos reciben tratamiento, en Sendai, la ciudad más cercana.
Cuando no están buscando alimento o lavando, pasan buena parte de su tiempo esperando en interiores, envueltos en mantas para protegerse del frío.
Mientras caía la nieve afuera, Taira anticipaba cómo ascendería su familia por las montañas detrás del poblado para recoger vegetales silvestres en la primavera. "No he comido un solo vegetal desde que ocurrió esto``, se lamentó.
La catástrofe en cifras
Según el último balance, el terremoto y tsunami dejaron 11.578 muertos y 16.451 desaparecidos en el país.
La ONG Save the Children estima en cerca de 100.000 niños se han convertido en desplazados debido a la crisis.
En lo que se refiere al aprovisionamiento de agua potable y alimentos, el restablecimiento de las infraestructuras viales y de telecomunicaciones y el despeje de terreno en busca de eventuales sobrevivientes participan unos 100.000 soldados.
Según el Banco Mundial, se necesitarían US$ 235.000 millones para cubrir los gastos ocasionados por el desastre.
Los legisladores recortarán en 14% su sueldo anual, con lo que recaudarán 23 millones de dólares.
La central nuclear de Fukushima fue atacada por olas de 14 metros de altura.
Después de los accidentes en la planta se detectó radiactividad en la leche, el agua potable y otros 12 alimentos, entre ellos la carne.
La planta libera tres sustancias radiactivas: yodo 131, cesio 137 y plutonio 138, 139 y 140. La primera tiene una vida media de 8 días, la segunda, de 30 días y la tercera, de entre 87 y más de 6.500 años.
En las inmediaciones de la central hallaron agua con 10.000 veces más radiactividad de lo permitido por el gobierno de Japón.
El número de visitantes extranjeros que llegaron al aeropuerto de Narita, cerca de Tokio, cayó 60% entre el 11 y el 22 de marzo con respecto a 2010.
Los niños no logran soportarlo
El horror causado por el sismo y el tsunami hace temer consecuencias a largo plazo para los niños, algunos de los cuales ya están traumados, y se despiertan con pesadillas o se encierran en el silencio.
Algunos expertos creen que la magnitud del desastre puede ser insostenible para algunos niños: casas destruidas, muerte de un padre o una madre, desaparición de un hermano, de una hermana o de amigos.
"Hemos hallado a niños en condiciones desesperadas, muertos de frío en torno a lámparas de petróleo o envueltos en mantas", cuenta el portavoz de Save the Children, Ian Woolverton.
Haruto, de dos años, sigue aún aterrorizado por las frecuentes y a veces violentas réplicas sísmicas, explica su padre, Atsushi Takahashi, de 36 años. "Está aterrado, grita `la casa tiembla, no me gusta la casa`", relata.
Un pino que da algo de esperanza
Rikuzentakata | Solo un pino sobrevivió "milagrosamente" al tsunami del 11 de marzo, que se llevó miles de vidas y arrancó miles de árboles en la estación balnearia de Rikuzentakata, y por ello los sobrevivientes lo consideran como un símbolo de esperanza y reconstrucción.
Situada a 410 km al norte de Tokio, esta ciudad costera, que contaba con 70.000 pinos plantados en un arco de dos kilómetros de longitud, es una de las que más sufrió con la ola gigante.
"Teniendo en cuenta que es el último árbol intacto, se va a convertir en el símbolo de la reconstrucción", predice Eri Kamaishi, de 23 años, un residente local.
Todas las construcciones humanas, con excepción de una docena de edificios en hormigón, fueron arrasadas. Mil personas murieron y 1.300 están desaparecidas.
Los socorristas aún recogen cuerpos en este paisaje desolador. Las operaciones para despejar los escombros no están tan adelantadas como en otras localidades.
La magnitud de las destrucciones en Rikuzentakata es tal que, salvo ese árbol, faltan referencias para figurarse lo que era la estación balnearia antes del tsunami.
Visto de cerca, este pino de unos 10 metros de altura exhibe no obstante huellas del traumatismo: la resina se derrama por una raja en su corteza y las ramas más bajas fueron arrancadas.
"Este árbol sobrevivió. Es un milagro", confirma Tomohiro Owada, portavoz del ayuntamiento. "Una vez hayan terminado las operaciones de los socorristas, tenemos planeado conservarlo como símbolo", añade. AFP