THE ECONOMIST
El espectáculo de misiles estadounidenses, británicos y franceses pulverizando un país árabe y musulmán, en plena noche cerrada, suscita un presagio.
Acciones arriesgadas como esta comienzan, con frecuencia, con buenas intenciones e ingenuo exceso de confianza, a medida que los déspotas ricos en petróleo ven estrujarse y quemarse sus armaduras bajo la tecnología occidental superior. Pero, en pocas semanas, la vanagloria se convierte en una ciénaga costosa y sangrienta.
Sin embargo, nadie puede acusar a Barack Obama y sus aliados, David Cameron, de Gran Bretaña, y Nicolas Sqarkozy, de Francia, de exceso de confianza al lanzar el ataque contra Libia. Resulta difícil pensar en una operación militar concebida con tanta duda y angustia. ¿Qué pasa si Muamar Gadafi aguanta los bombardeos hasta el final en su búnker? ¿Qué pasa si hay una partición de Libia? ¿Y si, castigada por imágenes de televisión de mujeres y niños muertos en un mercado de Trípoli, la coalición comienza a caer a pedazos? ¿Y si muchos de los libios del Este, a quienes el mundo exterior protegen, terminan simpatizando con Al Qaeda? ¿Y si se comportan de manera tan asesina como el coronel y sus sicarios pagos?
Las respuestas a esos interrogantes comienzan cuando se plantea el caso de intervenir en Libia. Los escépticos de Occidente se quejan porque no tienen lugar en esta pelea. Dicen que los libios deberían ser librados a someterse al coronel o asesinarlo, de la mejor manera que puedan hacerlo.
Ese enfoque es demasiado estrecho. Gadafi es el déspota más violento del mundo árabe. En una jornada, en 1996, sus hombres asesinaron a 1.270 prisioneros en una cárcel de Trípoli. Ha respaldado al terrorismo y asesinado disidentes. Los líderes occidentales acertaron al darle una oportunidad de dar vuelta una nueva página, después de 2003, cuando renunció a su programa nuclear. Sin embargo, cuando los manifestantes pacíficos reclamaron un cambio, hace pocas semanas, les disparó, con aparente deleite. Cualquiera sea el curso de los hechos, no hay que olvidar que el coronel y sus hijos juraron masacrar a la gente Bengasi, casa por casa. En el sentido más estrecho, una misión que muchos dijeron carecía de sentido y era demasiado tardía, ya se apuntó un éxito.
Por sobre todo, lo que pase en Libia, para bien o para mal, afectará a sus más esperanzados vecinos, Egipto y Túnez. Un poco más lejos, hasta Siria está en ebullición y su gobierno ya canalizó su tentación de ser despiadado. Si prevalece la violencia en Libia, el impulso para el cambio en paz a lo largo de Medio Oriente, puede disiparse, a medida que los autócratas y los manifestantes en otros lugares en mundo árabe, lleguen a la conclusión de que, después de todo, la violencia es una herramienta esencial para lograr lo que quieren.
La segunda crítica de los escépticos es que Occidente es culpable de hipocresía. A medida que vitupera contra el coronel, sus aliados sauditas ayudaron a apagar la llama de la democracia en el estado de Bahréin, en el Golfo Pérsico. Sin duda, Occidente debería dejar de apuntalar al dictador yemenita, Ali Abdullah Saleh, cuyas fuerzas acaban de matar a decenas de manifestantes.
Empieza a jugar el sentido práctico, aunque a veces de manera frustrante. La violencia en Bahréin es a escala mucho menor que en Libia. Occidente está unido en una alianza militar con Bahréin -que es base de la V Flota de Estados Unidos- y su protector de la familia real, Arabia Saudita. Enfrentar a los gobernantes de Bahréin significaría poner en peligro la alianza. Después de todo, tienen una sociedad más abierta que la de Libia. En cuanto a Yemen, es un pandemónium ingobernable, que alberga a tribus rivales, secesionistas y una rama local de Al Qaeda. Nadie en su sano juicio intervendría allí. Ni Bahréin ni Yemen son susceptibles de una campaña aérea como lo es Libia, con sus grandes extensiones de desierto que dejan expuestos a los tanques de Gadafi que avanzan. Se interviene cuando se puede, no para ser consistente.
La tercera queja de los escépticos es que Occidente entró en esta campaña sin definir la misión. Eso es tanto injusto como cierto. Resulta injusto porque los dictadores no trabajan según un cronograma diplomático. El rápido avance del coronel en Bengasi significó que el mundo exterior tenía que intervenir en pocos días o no hacerlo de ninguna manera. Es cierto que hubo indecisiones, especialmente de parte de Obama. Eso ayudó a forjar una coalición más amplia, lo que significa que Occidente tiene el trabajo facilitado. De manera urgente debe decidir quién está a cargo -ya le dio el control de la zona de exclusión aérea a la OTAN- aclarar los poderes otorgados por el la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que habilitó a proteger, "por todos los medios necesarios" a los civiles en Libia, y lo más importante, determinar cuáles deben ser las metas de la campaña.
DILEMA. Estados Unidos quiere ceder el control general ni bien haya llevado a cabo el grueso de los bombardeos iniciales. Si bien hasta cierto punto Obama se retrae del liderazgo, lo que probablemente tenga sentido. La misión parecerá menos estadounidense, obligará a los europeos a ser responsables por la causa que impulsaron, y en la OTAN hay un cuerpo que puede asumir el control.
La decisión difícil es si la remoción del coronel, vivo o muerto, debe ser un objetivo explícito de las fuerzas occidentales. La resolución de la ONU no hace menciona alguna a eso, aunque muchos líderes occidentales y árabes han señalado que quieren que el coronel se vaya. En su calidad de Comandante en Jefe de fuerzas de seguridad que ya mataron a cientos de civiles desde que comenzaron las protestas pacíficas hace un mes, podría argumentarse que el objetivo es legítimo. Pero, sería mucho mejor, que su propio pueblo se encargara de él, lo entregara al Tribunal Penal Internacional, en La Haya, o lo persiga al exilio, y no deje que sea individualizado por sus enemigos occidentales para que lo eliminen.
Dejarlo librado a los libios, sin asistencia, es un riesgo, aunque las chances están del lado de los rebeldes. Si el coronel no puede aporrear a ciudades como Bengasi con impunidad, la oposición a lo largo del país crecerá de nuevo. Aislado y económicamente estrangulado, Gadafi y su régimen tendrían suerte si pudieran sobrevivir. Aun si Libia fuera objeto de una partición temporaria, Occidente podría mantener la zona de exclusión aérea con mínimo esfuerzo. Gradualmente, el nudo se apretaría alrededor del coronel, especialmente porque el Este contrario a Gadafi tiene la mayor parte del petróleo de Libia.
OPORTUNIDAD. Libia no es Irak. Occidente aprendió a través de una amarga experiencia cómo evitar los errores penosos que cometió desde el comienzo en esa operación. La actual misión es indiscutiblemente legal. Asimismo, tiene, al menos hasta ahora, el respaldo del propio pueblo libio y -aun permitiendo algunas vacilaciones de Turquía y de la Liga Árabe- de la mayoría de los países árabes y musulmanes. La población de Libia es la cuarta parte de la de Irak y el país debería ser más fácil de controlar. Casi toda su gente, si bien un lote con agudas lealtades tribales, vive a lo largo de la franja costera del Mediterráneo. Si el Estado del coronel Gadafi se desmorona, Occidente no debería buscar dispersar su Ejército ni los niveles superiores de su administración, como lo hizo de manera absurda en Irak.
El Consejo Nacional interino de la oposición está formado por liberales seculares, islamistas, la Hermandad Musulmana, figuras tribales y personas que defeccionaron en fecha reciente del bando de Gadafi. Occidente debería reconocer al Consejo como un gobierno de transición, siempre que prometa realizar elecciones multipartidarias. Por sobre todo, no debe haber ocupación militar desde el exterior.
Resulta tentador ponerle un límite temporal a una acción arriesgada, aunque ello resultaría fútil.
El éxito en Libia no está asegurado. ¿Cómo podría estarlo? Es un país violento que puede sucumbir bajo más violencia y no se convertirá en una democracia en poco tiempo. Pero, a su gente se debe ahorrarle el arma del dictador y darle la oportunidad de un futuro mejor.
Las cifras
11 Son los países que participan de la ofensiva para detener la represión del dictador Libio. La dirigen EE.UU. Francia y Gran Bretaña.
24% Es lo que subió el precio de cru-do desde que estalló la rebelión. Libia redujo la producción que abastece casi al 2% del mercado.
42 Son los años que lleva en el poder Gadafi. Él dice que es "jefe de la revolución" y no un presidente, y que por eso no puede renunciar.
El país del Libro Verde; la doctrina de Gadafi llega a todas las escuelas
El Libro Verde, escrito por Gadafi entre 1976 y 1979, acabó dividiendo a los tripolitanos en dos grupos. Los que lo consideran la palabra revelada del líder y una solución a todos los problemas, y los que creen que sus 100 páginas son un insulto a la inteligencia. Imposible saber por ahora cuál de los dos grupos es mayoritario.
En las afueras de la capital, un edificio acoge desde los `80 el Centro Internacional de Estudios e Investigaciones del Libro Verde, un lugar de encuentro con filiales por todo el mundo para debatir sobre el libro y organizar conferencias internacionales con presupuesto millonario que brinda el régimen.
"El libro no se entiende en el resto del mundo. Se piensa simplemente que es la palabra de un dictador", se queja Isham Arab, encargado de editar una de las revistas del centro.
El libro es un compendio de extrañas explicaciones sobre la vida. "Las mujeres son femeninas y los hombres masculinos. Según los ginecólogos, las mujeres menstrúan cada mes o así, mientras que los hombres, siendo machos, no menstrúan ni sufren durante el periodo", dice Gadafi. "La educación obligatoria es una educación coercitiva que suprime la libertad. Imponer específicos materiales didácticos es dictatorial", asegura en otro. Y otra frase: "La población de otras razas ha disminuido por el control de los nacimientos, las restricciones al matrimonio y el trabajo constante, no como los negros, que se obsesionan menos con el trabajo por el clima caluroso". El Libro se enseña en todas las escuelas libias. El País de Madrid