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FRANCISCO FAIG
El ciclo de crecimiento económico del país es de una extensión y profundidad sin antecedentes en nuestra historia moderna. El riesgo inflacionario muestra, precisamente, el vigor de la demanda interna, las exportaciones y la inversión.
Sin embargo, detrás de este panorama, se esconde la profunda ineptitud del gobierno por enfrentar con éxito reformas sustanciales para el futuro del país.
En educación, infraestructura y seguridad pública, todo el mundo se da cuenta de que la izquierda no está haciendo las cosas bien y que no hay perspectiva alguna de mejora con la urgencia que se precisa.
¿Se desgasta por ello el Frente Amplio? ¿Pierde credibilidad el gobierno? No. Su dispersión de posiciones internas le sigue dando amplia base de apoyo. Y la mejora del consumo adormece toda crítica que vea más lejos que el periódico aumento de salarios reales. A ello se suma, claro está, la potente hegemonía discursiva y cultural de la izquierda que fija desde su óptica lo que es el sentido común político ciudadano, y que multiplica las interpretaciones de la realidad desde las visiones justificantes de los líderes de opinión-compañeros de ruta.
Nadie responsabilizará entonces al Frente Amplio de la catástrofe educativa, sino al desgaste heredado de gobiernos neoliberales anteriores; nadie lo acusará de haber demorado las inversiones privadas en ferrocarriles, puertos y rutas, sino que se argumentará que el formidable crecimiento de la producción nos tomó de sorpresa; nadie lo reprenderá por su ineptitud en seguridad, sino que se acusará a la pobreza generada por el neoliberalismo.
La inmunidad de la izquierda reposa sí en que los bolsillos están más llenos. Pero también, en que hay un discurso verosímil, general, simple de entender y en el que los uruguayos creen, que explica y justifica la realidad. Y sobre todo, se apoya en que no hay alternativa.
Los partidos tradicionales pierden energía en viejos reflejos. Ejercitar la musculatura electoral para juntar firmas y llegar segundo en 2014, por un lado. Eternizarse en reiteradas discusiones internas sin aprobar una reforma modernizante, por el otro.
Sin embargo, ninguno conduce una renovación profunda del espacio de oposición.
Que busque aliados y de vigor a un relato histórico, cultural e identitario alternativo al frenteamplista; que se apoye en las numerosas nuevas generaciones universitarias abiertas al mundo; que exija calidad de políticas públicas y sea capaz de presentar, cada vez, alternativas consensuadas, estudiadas y posibles; que admita el inevitable escenario de un país hecho de mitades, socialdemócrata-populista de izquierda una, liberal-republicana de base tradicional la otra; que forje, desde allí, un discurso moderno, abarcador, sin complejos, plural y tolerante.
Mientras que los partidos tradicionales sigan en lo que están, la izquierda seguirá beneficiándose de la bonanza y su discurso seguirá justificando sus ineficiencias.
La alternativa será Tabaré Vázquez, que se mantendrá inmune aunque se dé el lujo de relativizar públicamente la legitimidad de las mayorías.








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