Aunque confiese que lo suyo suele ser el tango marginal, Adriana Varela está en los grandes circuitos. El verano pasado estuvo en el Conrad de Punta del Este y hoy sube al escenario de La Trastienda para un recital que casi no se publicitó.
Es que tiene un círculo de seguidores cautivos dispuestos a movilizarse con solo saber que se presentará. Hace dos meses que supo que hoy estaría en Montevideo y más allá de un breve comunicado no fue necesaria otra forma de advertencia pública. Cierto es que más allá del teatro Colón porteño o del Liceo de Barcelona, la intérprete se deja ver en lugares muchos más pequeños, como el histórico Bar El Hacha que la tuvo una noche hacia fin de año.
Lo que La Trastienda asegura es la calidad del sonido. Aunque se pierda las cercanías que habilita un boliche, es un excelente lugar para apreciar artistas que están jugados a su voz. Y Adriana Varela lo está porque con esa voz marcada por el tabaco, tiene una forma muy especial de cantar y decir el tango. Hace un par de años le advertía a un periodista de El País madrileño que su estilo se caracterizaba por la vehemencia. "Es que soy vehemente y a veces me tengo que neutralizar sobre el escenario porque el tango también es vehemente y si le ponés más vehemencia de la cuenta, el tango se convierte en dulce de leche, en almíbar".
Su expresividad tiene que ver además con el proceso mismo de su vida, oscilante entre los tangos, el rock y los boleros. La dirección emergente es necesarimente muy personal. "Se ha terminado el vincularme desde la carencia, lo he hecho mil veces, por eso tanto rock, tanto tango. Ahora si me tengo que vincular solo lo hago para poder evolucionar y toda la otra vehemencia forma parte de mi carácter, de mi personalidad, pero no tiene nada que ver con las letras de tango", decía al mismo diario español. Como lo ha expresado muy lúcidamente, el tango no es solamente un género musical sino que sobre todo se trata de una actitud de vida.
La publicidad suele mentir sobre su propuesta artística, al señalarla como "la reina del tango". No lo pretende ser. Ha llegado hasta la música por necesidad y placer y por ella terminó abandonando su primera profesión de fonoaudióloga. Y se ríe de los clichés que el género suele despertar respecto al machismo de los compositores que se pintan abandonados por mujeres crueles, y otros fantasmas por el estilo.
Libres de pecado, los tangos de Adriana Varela tienen la contundencia y la lucidez que una gran intéprete puede darles después de haber comprendido muy bien a sus autores.