MATÍAS CASTRO
Gérard Piqué tiró la piedra y escondió la mano. Hace un par de semanas, tras el festejo conjunto de su cumpleaños y el de Shakira, publicó en su Facebook una foto colectiva en la que aparecía él y ella. Aunque aparecían separados, la imagen demostraba que los rumores sobre su cercanía, que venían circulando desde hacía meses, eran bastante reales. La foto dio la vuelta al mundo en instantes, como corresponde a estos tiempos de Internet, y centenares de medios del espectáculo hablaban sobre el asunto. Shakira, tras la ruptura con su histórico novio, está en pareja (o algo así) con el futbolista español, confirmaban y reconfirmaban todos.
Cuando pasan este tipo de cosas, los periodistas y fotógrafos se abalanzan sobre las personas, casi como pirañas con hambre. Es una cuestión de acción y reacción que cualquier persona con un mínimo grado de celebridad sabe que sucederá. Cualquiera menos Piqué.
Hace un par de días perdió la paciencia y llamó a la policía para espantar a los fotógrafos que lo seguían como su sombra.
Nada de esto es nuevo. Diez días antes de la aparición de la famosa fotografía ya habían identificado la casa nueva de Shakira, que está muy cerca de la de Piqué. Y cuando los paparazzi encuentran un refugio, se instalan cerca para pescar fotos. Siempre ha ocurrido así y siempre ocurrirá.
Hay varias maneras de enfrentar este tema. Publicar una foto en Facebook no fue la más astuta. A menos que Piqué haya querido realmente llamar la atención o hacerse el vivo ante todos. Una de las maneras es tomar la actitud de Penélope Cruz y Javier Bardem, siempre discretos y evitando a la prensa. Pero publicar una foto en Facebook no parece la forma más sana de encarar un tema así. Piqué tiene 24 años y probablemente menos experiencia que Shakira en cuestiones de fama y celebridad mundial. Ahora se tiene que enfrentar a un dolor de cabeza que no lo dejará mientras esté con ella.