MATÍAS CASTRO
En la columna de ayer se hablaba sobre cómo el público construye su propia idea sobre las celebridades a partir de sus imágenes, porque no dispone de otros elementos para entenderlos. El tema aparecía a raíz de las quejas de algunas figuras públicas del mundo del espectáculo sobre cómo se las ve desde afuera. Lo que ocurre, en definitiva, es que esas imágenes, tan bien armadas (ya sea una foto de película o las portadas de las revistas seudo eróticas en las que se ve a las vedettes), se plantan con toda firmeza ante el espectador.
El juego consiste en mostrar con mucha seguridad una imagen, como queriendo transmitir un mensaje. El mensaje puede ser "esta chica vive de fiesta en fiesta y solo quiere sexo las veinticuatro horas del día" o "la pasión de estos dos actores en cámaras se explica porque fuera del rodaje sienten lo mismo". Sin embargo el mencionado juego aparece en el momento en que el público comienza a decir con seguridad ese tipo de conclusiones, luego los famosos se sienten ofendidos porque la gente diga cosas así en base a una o dos fotos y reclaman más privacidad. Pero todo empezó cuando se tomaron las fotos, ya sean de una película o de una producción para una revista seudoerótica.
Sobre Angelina Jolie ya se ha hablado varias veces aquí, pero es el caso más notorio. Es la mujer que desata más rumores y noticias falsas en todo el mundo, hasta niveles casi delirantes. Ha dicho que está harta del asedio de los paparazzi y que incluso querría una legislación protectora frente a ellos. Sin embargo ella fue la que empezó, provocando durante sus años de estrella más joven, antes de ser una supermadre de una familia multiracial. Con Wanda Nara, que era el caso tratado en la columna de ayer, pasaba lo mismo: años de provocar y mostrar y luego quejas tras un giro radical para convertirse en una madre de familia. La imagen que alguien proyecta, tanto a través de fotos como a través de palabras, llega al público y ahí pasa a ser digerida, como se pueda, por los que la reciben.