Pablo Da Silveira
En el año 1020, Leonardo Fibonacci, también llamado Leonardo Pisano, publicó un libro revolucionario. Esa obra introducía en Europa nada menos que la numeración arábiga. La nueva numeración facilitaba enormemente las operaciones matemáticas, que eran casi imposibles con los números romanos. Además permitía liberarse del ábaco, que era hasta entonces un instrumento indispensable para calcular.
Los mercaderes y prestamistas incorporaron rápidamente la innovación. En poco tiempo, todos ellos estaban calculando mentalmente o haciendo cuentas sobre papel a una velocidad desconocida hasta entonces. Los signos de más y de menos fueron inventados por ellos cuando hacían controles de stock. Pero en las universidades hubo una fuerte resistencia a incorporar esa numeración que provenía de los infieles, de modo que mantuvieron la enseñanza tradicional del cálculo y el uso del ábaco. Algunas universidades europeas prolongaron su resistencia hasta bien entrado el siglo XVII.
Este episodio está lejos de ser excepcional. Durante muchos siglos, la universidad fue un lugar donde se conservó y se transmitió el conocimiento, pero (con algunas excepciones notorias, como Galileo) pocas veces fue un lugar donde se lo desafió y se lo renovó. La lista de figuras que revolucionaron el conocimiento sin casi pisar una universidad incluye a nombres como Charles Darwin (que hizo estudios en Cambridge, pero nunca fue profesor universitario), Sigmund Freud (que siempre fue un profesional independiente) y Karl Marx (que no volvió a tener contacto con el mundo universitario luego de recibir su doctorado).
Las cosas siguieron siendo así en fechas más recientes. Dimitri Mendeleiev, el creador de la tabla periódica de los elementos, no era un profesor universitario sino el director de la Oficina de Pesos y Medidas de San Petersburgo, en Rusia. Cuando Albert Einstein publicó los artículos que fundaron la teoría de la relatividad, era un simple empleado de la Oficina de Patentes de Berna, Suiza.
La situación actual no es la misma que la de hace siglos. Hoy existen numerosas universidades de investigación que trabajan en la frontera misma del conocimiento. Pero, aun así, empresas como Microsoft o Apple, o industrias como la farmacéutica o la militar, han generado más conocimiento y más desarrollos tecnológicos que la gran mayoría de las universidades existentes. La investigación sobre el genoma humano tiene como uno de sus principales protagonistas a una empresa privada con fines de lucro.
Decir que las universidades no han sido casi nunca la vanguardia del conocimiento, y que hoy solamente algunas están en ese lugar, no es decir nada decisivo contra ellas. Aunque no hagan aportes inéditos, muchas están cumpliendo tareas importantes. Pero hay un hecho curioso. Desde hace aproximadamente un siglo, muchas universidades latinoamericanas adoptaron una retórica revolucionaria. Sin embargo, la vieja impronta conservadora parece vengarse, y el conservadurismo aflora de mil modos en sus prácticas institucionales.