Sábado 31.12.2011, 15:39 hs l Montevideo, Uruguay.
 
 
 
 
 
 
Vota por esta noticia:
Desinteresa/No aporta Común/Importa poco  Interesante  Muy Interesante  Excelente/Gran aporte
  Total de votos:
Desinteresa/NoComún/ImportaInteresanteMuyExcelente/Gran 11 votos
 | escuchar nota |  | achicar texto |  | agrandar texto |  | enviar nota |  | imprimir nota |

Julia Rodriguez Larreta


La otra orilla

Camino al encierro

Julia Rodríguez Larreta

Al tiempo que los presidentes del Mercosur se reúnen -esta vez en Montevideo- y resuelven ampliar la lista de productos a los que se les puede aplicar la tasa máxima (35%) del Arancel Externo Común (AEC), o aún más, surgen ciertas reflexiones.

La teoría económica, al igual que el sentido común, enseñan sobre la conveniencia de la especialización y el libre intercambio de bienes y servicios. De esa forma, el consumidor se verá beneficiado con mejores productos, a precios más baratos. Esta especialización se dará en función de ventajas naturales, aptitudes culturales de la población y otras consideraciones. Por lo tanto, los japoneses y los coreanos deberán continuar especializándose en componentes eléctricos y electrónicos, los argentinos en la producción agropecuaria y subproductos; los chilenos y peruanos, en piscicultura y minería; los norteamericanos en fabricar aviones, acero y maquinaria pesada; los alemanes automóviles, los rusos vodka y caviar; los italianos e ingleses en textiles, los chinos la seda y porcelana, Suiza, relojes; Francia, perfumes, vino y queso y los brasileños café y azúcar, etc. Pero las cosas no son tan simples ni lineales.

Uruguay hoy exporta caviar, Argentina tiene tecnología de punta en tubos de acero sin costura al igual que excelentes vinos y el Brasil manufactura aviones y textiles. ¿A qué conclusión nos debería llevar este simple análisis? A que muchos pueden hacer lo que otros hacían hasta hace poco casi con exclusividad, y con resultados varios.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Japón al levantarse desde las cenizas identificó cuáles industrias y actividades debían promocionarse sin entorpecer otras que surgirían, fruto del genio, la perseverancia y los riesgos que tomaran sus emprendedores. De la ruina y el hambre, pasaron a ser, hasta hace poco, la segunda potencia económica del mundo y en términos de "per cápita", aún son la primera, de lejos. O sea, que triunfó, además del trabajo y la dedicación, cierta planificación en un marco de "laisez faire" no tan libre. Los EE.UU. han sido un país moderadamente proteccionista. Una de las causas que desencadenó su guerra civil se debió justamente a que el norte deseaba imponer esta ideología y el sur era pro libre mercado.

Pero las corrientes son pendulares y más todavía, parecen serlo en la vecina orilla. La Argentina, rebalsando de bienestar y reservas, con el advenimiento del peronismo y la emigración de posguerra, terminó en un programa proteccionista. No como resultado de un plan consensuado y analizado a fondo, sino como consecuencia de una política adversaria al sector agropecuario que trajo la despoblación de campo. Del deseo de acrecentar la masa de obreros industriales como elemento de poder y coacción sindical, unida al de los empleados públicos que también aumentaron dramáticamente, a resultas de la nacionalización de teléfonos, electricidad, transporte, agua, etc., mientras caía la eficacia de los servicios prestados. La escasez de productos importados, entre 1939 y 1946 había impulsado una industria liviana y de transformación. Algunos productos resultaron ser de aceptable calidad, otros mucho menos y estos últimos hubieran tenido dificultades para competir con los importados.

Como resultado de la mala gestión, al desaparecer las reservas de divisas se decidió limitar la importación. El control de cambio pasó a ser, además del IAPI, un importante factor proteccionista. Era dificilísimo comprar, por ejemplo, una botella de whisky o botones. Para adquirir un automóvil había que comprárselo a un militar o a un diplomático extranjero. Faltó trigo para el pan.

Luego el gran vuelco lo dio otro peronista, Menem, que vendió las corruptas y descapitalizadas empresas públicas, que prestaban deficientes servicios. No se podía conseguir una línea telefónica, había constantes cortes de electricidad, para nombrar sólo algunos males. Por ejemplo YPF, que tenía más de 50.000 obreros, después de ser vendida producía el doble de gas y petróleo, con menos de 6.000 operarios.

Creímos estar de vuelta, pero nuevamente soplan estos vientos aquí y allá.