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RIcardo Reilly Salaverri
Una quietud obligada por un tiempo nos impuso en el uso del último instrumento electrónico que hiciese Steve Jobs, el genio de Apple. Y, así, pasamos a ser parte activa de la infinidad de computadoras que están interconectadas en el planeta.
La circunstancia también nos llevó a iniciarnos en el conocimiento de la vida de este personaje singular, uno de los tantos que contribuyeron y contribuyen a cambiar el mundo. Para progresar. Estamos leyendo alguna de sus biografías más creíbles (y largas).
Lo de Jobs solo se entiende en el marco de los Estados Unidos de América. Cuyos logros mejores y aspectos peores no nos corresponde juzgar. Escenario, más allá de eso, del impulso al crecimiento exponencial de la ciencia y la tecnología en una proporción como el ser humano no conoció jamás.
El citado personaje era descendiente de padres sirios que le abandonaron. Pasó a vivir con un matrimonio adoptivo -de gente austera y de trabajo- que le dio el apellido y cuidó de él. Ahorraron dinero para que el hijo estudiase y entrado Jobs a la universidad la abandonó porque no le parecía interesante lo que le enseñaban. Conoció la vida carenciada y llegó a vender envases de bebidas usados para mantener sus gastos. Se convirtió al budismo y su muerte temprana se debió a que postergó el tratamiento ortodoxo de un cáncer de páncreas, para curarlo con medios alternativos a la medicina.
En todo ese trayecto creó cosas, amasó una fortuna impresionante, lo que seguramente no era en su sentimiento objetivo principal y dejó conquistas que son buenas para la vida de sus semejantes.
El ingreso al mundo virtual acerca a lo científico, al arte en todas sus manifestaciones y, en definitiva, a todo lo relevante que toca a la especie a que pertenecemos. Destacaré algo menor. Que nos hace ver a quienes peinamos canas que nos rigen conceptos del pasado. Tiene que ver con una exposición de Sir Ken Robinson. Un inglés especializado en temas de educación y creatividad. En una de sus charlas (se ven en You Tube y tienen subtítulos en español) pide al auditorio que levanten la mano los menores de 25 años. Luego a los mayores. Más o menos media audiencia se ubica en cada categoría. Pide entonces que quienes tienen reloj de pulsera levanten la mano. Lo hacen los más veteranos. Recuerda entonces que su hija adolescente no usa reloj de pulsera, porque -le dijo- "para qué quiero un aparato que cumple una sola función. Si la hora y la fecha, están en el celular, la computadora, el auto, los indicadores de calle, etc." y, comprendió Sir Ken, que el reloj pulsera ha dejado de ser un instrumento necesario a lo cotidiano.
Tomaré de Steve Jobs una anécdota de su vida que atendimos en fuentes diversas. Un día con uno de sus compañeros de inquietudes, en un "campus" universitario pasan cerca de una agitación con arengas y gestos destemplados, le dijo a quien iba con él "éstos creen que están haciendo una revolución y los que la estamos haciendo somos nosotros". Tenía razón. En Uruguay hay quienes creen que la revolución es caos, envidia y socialismo. Deberían mirar para otro lado.






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