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Sebastián Da Silva
No es necesario que termine este largo y tedioso censo para concluir que la población uruguaya es una población envejecida. En primer año de sociología, los estudiantes saben que tenemos una pirámide generacional invertida, somos más los viejos que los jóvenes.
Este fenómeno impacta en la conciencia colectiva, explica mucha de nuestras características como sociedad y es el festín para los analistas y estrategas de las campañas electorales. La torta más grande de votos está en el dado de los veteranos, no en los jóvenes.
Deteniéndonos en algunas características de las diferentes generaciones, podríamos coincidir que hay una generación criada en la crisis del 2002. Son los más jóvenes, muchos de ellos son los "NI NI", los que están sin estudiar y sin trabajar, acostumbrados a la nueva brecha de ingreso y de posibilidades de desarrollo de nuestra sociedad. Uno de sus problemas está en ver cómo pueden cambiar el statu quo vivido por sus padres.
La generación inmediata del entorno de los 40 años, vivió la crisis como estudiantes, y por sobre todas las cosas es la que más está aprovechando la bonanza económica. No es difícil encontrar trabajo, los ingresos son relativamente buenos y por ello están madurando a pasos agigantados. No tienen una matriz ideológica definida y su mayor amenaza es un posible sobreendeudamiento. Esta es la generación de los "nuevos uruguayos".
A partir de ahí tenemos los del entorno de los 50 años, que vivieron en carne propia la cara más cruda de la crisis. Obligatoriamente debieron cambiar su condición para poder sobrellevar las consecuencias dramáticas del 2002, y su mayor preocupación es el temor a no vivir nuevamente lo mismo.
En la punta de la pirámide, están los más veteranos, sabedores de mil batallas, la generación del eslabón perdido, están los que desde la tablita hasta acá, vienen con la costumbre de la inestabilidad económica. En materia política, fueron los protagonistas de los episodios acaecidos en la época previa a la dictadura, los que más sufrieron la falta de libertades en la era militar, y los que hasta hoy día mantienen un fuerte acento político partidario.
Esta es la generación que, lamentablemente, domina el criterio de toma de decisiones de esta administración. Aquellos que mantienen criterios perimidos de la época de su juventud, y es el mayor cambio de comportamiento político del Uruguay contemporáneo, debido a que el Frente Amplio cooptó gran parte del pensamiento de esta gente.
Todo el culebrón de la educación, la insensatez del impuesto al agro, la tolerancia con la delincuencia, el fanatismo con la ley de caducidad, y la justificación de las actitudes sindicales, se explican por la extrema ideologización que tiene todo el arco gubernista. Veterano y fanatizado.
Este es un cocktail letal, hace perder perspectiva, busca objetivos perimidos, y por sobre todas las cosas no entiende la debida inserción del Uruguay en el mundo actual.
Como el Frente Amplio carece de renovación, nadie le hace fuerza a esta manera de pensar, dejando como resultado esta patética forma de gobernar.





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