Martes 08.11.2011, 06:01 hs l Montevideo, Uruguay.
 
 
 
 
 
 
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

175 años

Enrique Beltrán

Ciento setenta y cinco años han cumplido los blancos. Hojeando la historia del mundo, se constata que bien escasas son las colectividades políticas que ostentan una vitalidad como la suya, de bastante más de un siglo y medio, a pesar que en tan largo trayecto, pocas veces llegó al Poder. Esa sistemática privación le fue impuesta por la fuerza, el fraude, el motín e inclusive la invasión extranjera. A veces por nuestras divisiones partidarias. Recién después de noventa y tres años, en noviembre de 1958, cercanos a la centuria, se alcanzó la victoria. Solo entonces cobró realidad la rotación de los partidos en el Poder por la aplastante voluntad de las urnas. Casi un siglo para que esa disposición no fuera solo un artículo de la Constitución, sino una realidad, que los hechos también consagraban.

Bien le recordaba años atrás Aparicio Saravia a su rival y hermano Basilisio que "la patria es el conjunto de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus derechos" contrastándola con la de la época que solo se perfilaba sectaria y encogida. El gran caudillo luchaba por transformarla. Por ello moría. Su muerte sembró el dolor, la desesperanza y postergó la concreción de sus sueños. Cuando el 24 de septiembre de 1904 se suscribió la paz de Aceguá, que bien difería de los reclamos blancos, la desesperanza ganaba buena parte de sus filas. No obstante, apenas doce años después, se vivió la victoriosa jornada cívica del 30 de julio de 1916 que eligió la Constituyente. Por primera vez se aplicaba el voto secreto, y el oficialismo recibía una dura derrota. Con ella el rechazo al colegiado propiciado por el batllismo gobernante, el que para alcanzar la rotación de los partidos en el Poder hacía necesario que se fuera victorioso durante cinco elecciones anuales seguidas. Circunstancias cercanas posteriores, que cargaron la atmósfera de riesgos y enfrentamientos llevaron a acordar fórmulas de transacción y dieron vivencia a una nueva Constitución en la que se consagraban algunas conquistas cívicas trascendentes y se creaban tanto un Consejo Nacional de Gobierno, como un Presidente de la República con distintas competencias. Aquella Constitución fue una dura transacción entre los dos grandes partidos, que poco tiempo antes, se enfrentaban en las cuchillas de nuestra tierra, pero que en definitiva se consagraban garantías cívicas esenciales que costaron sangre y mártires. Enriquecidas, siguieron acompañando a nuestra democracia en las demás reformas.

Pues lo que se luchó por consagrar, con el correr de los años aún al precio de la vida, son entre otros, los valores de la democracia, las garantías del sufragio, el ejercicio de las libertades, el respeto a la dignidad humana, el acatamiento a la Constitución y nunca faltó el afán de la justicia social. Esa dilatada existencia partidaria, tan excepcional en la historia de los partidos políticos en el mundo, desafió duras pruebas, apuró infortunios, y derrotas, pero siempre fue presencia poderosa en la historia de su patria, y en el afán por servir a su pueblo y a los valores que lo enaltecen.

A lo largo de estos ciento setenta y cinco años no faltaron voces que en los momentos de derrota, de exclusivismos anunciaran su muerte. Los agoreros desaparecieron y ni siquiera se los recuerda. El viejo partido supo rejuvenecerse, pese a las adversidades. Renovado, consciente de los valores de su gran historia y siempre abierto a los desafíos del porvenir.

Pronto a partir con mi carga de años repito uno de los primeros gritos de mi niñez ¡Viva los blancos!