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MARíA JULIA POU
El estar de visita en esta parte del mundo no implica escapar a la alarma que la situación política de este país provoca aquí, en Europa y en todo el mundo. Detrás del inigualable mar, de la concentración de historia que emana de las piedras, no hay manera de evitar el leer en los diarios los detalles de este drama político y financiero que señala un posible peligro de colapso económico.
En ello está también presente la globalización que tantos beneficios acarrea cuando se sabe aprovechar, pero que interconecta de tal manera los mercados financieros. Sin pretensiones de profundidad pero con la atención con que se deben seguir estos asuntos nos atrevemos a asomarnos al espejo helénico, con criterio de Uruguay y nos alarmamos.
En síntesis, y así lo han comprendido todas las naciones de Europa, la ecuación de la Grecia fallida es conocida, pero no por ello menos repetida. Un sector público ineficiente, una dependencia del salario público cercana al millón de personas, un sistema jubilatorio desfinanciado, y la imposibilidad de devaluar implícita en la pertenencia a la región del euro, vuelven difícil una salida.
Grecia debe el equivalente al 160% de su PBI. El sistema de gobierno imperante es parlamentario y por tanto el gobierno depende de una mayoría cada vez más difícil de obtener. Hay una reacción fuerte como en tantas otras naciones contra "los políticos", en franco contraste con el hecho que éstos han sido votados por quienes protestan.
En algunos círculos se habla de una reforma constitucional pero las medidas que se necesitan son para ayer. Alemania no soporta el trabajar más, retirarse más tarde, tener menos vacaciones, para convertirse en el suministrador de los fondos de rescate.
A la hora de la abundancia los griegos malgastaron recursos, cuando las cosas se dieron vuelta no tienen espacio para moverse.
El esquema es muy parecido en otras naciones cuyas mediciones macroeconómi-cas se leen cotidianamente y cada vez resultan más preocupantes.
No hay duda de que una de las cuestiones más profundas que está en juego es el interrogante acerca de la capacidad de la democracia representativa de encarar este tipo de circunstancias. Se hace mención a los posibles llamados a elecciones adelantados que los regímenes parlamentarios admiten. Claro está cuál es el panorama en estos casos. Quienes se atrevan a tomar las medidas duras pero necesarias no recibirían el apoyo popular en las urnas que les permita seguir en el poder. La alternativa es encontrar una dirigencia que se plantee el saber que lo que se haga en forma correcta, llevará a la derrota y hacerlo. Pero ¿aparecen en este caso los votos en el Parlamento? Si no aparecen, vendrá la censura y de todas maneras se irá a una elección y retornamos al mismo círculo de razonamiento. El acostumbramiento a lo bueno es muy propio de los seres humanos. El reconocer que hay que hacer sacrificios nos hace mirar hacia el otro, no hacia nosotros. El tema interesa a todos en un mundo interdependiente que más allá de los sacrificios financieros de ayuda espera determinaciones propias de cada país.










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