Washington Beltrán Storace
No creo mucho en las casualidades o simples coincidencias cuando se trata de política. Mucho menos cuando se mezclan en ellas términos tales como maniobras de espionaje o contraespionaje, como se manejó en la reciente interpelación en el Senado a los Ministros de Interior y Defensa por el asunto del famoso video, que no sabemos si existe pero igual es muy famoso.
Porque lo cierto es que cuando el partido del gobierno -el Frente Amplio- arrecia en su ofensiva contra la ley de Caducidad y se quiere llevar por delante dos pronunciamientos ciudadanos expresados libremente en las urnas, aparece un misterioso documento que alerta de una probable conspiración y que "de acuerdo a nuestras fuentes -las del gobierno- estaría vinculado a grupos de militares retirados, aunque ese extremo no podemos asegurar en el momento". Es decir, que es probable -para el gobierno- que nostálgicos integrantes de la dictadura estaban (¿o están?) preparando un operativo violento para rescatar a "nuestros camaradas presos por el enemigo en el territorio nacional…".
Y es mayor mi incredulidad, que comparto son los senadores interpelantes Sergio Abreu y Tabaré Viera y todos los senadores de la oposición, que dos meses después de su aparición, de la publicación en el semanario Búsqueda de una minuciosa descripción del contenido del video ("informantes que vieron la grabación dijeron (…) que puede verse a tres presuntos soldados con uniforme camuflado y las caras cubiertas por pasamontañas") y el documento completo del "Ejército Nacional Libertador", nuestros servicios de Inteligencia o esos otros destinados al espionaje o contraespionaje a que aludió el FA en la interpelación, no hayan avanzado un ápice en la investigación. Tan absurdo y ridículo es todo esto que los ministros llamados a sala ni siquiera pudieron responder la única pregunta -muy elemental por otra parte- que les formuló Abreu: qué personas entregaron al Presidente de la República las imágenes que solo él sabe que existen, porque en realidad sólo él las vio.
Nada de nada. Ninguno de los ministros le preguntó nada a Mujica, porque no se atrevieron a hacerlo. ¡Bonomi y Rosadilla, amigos y viejos compañeros de armas, no se animaron a preguntarle al Presidente! Por lo menos, eso fue lo que declararon.
Me huele que todo este episodio -de espionaje y contraespionaje- probablemente sea una simple jugarreta de mal gusto, emparentada con el desprecio a las decisiones populares en torno a la Caducidad: había que agregar algún elemento nuevo y convincente para explicar a los ciudadanos que no se trataba de ignorar su voto y tirarlo a la basura, sino que "el enemigo" continuaba en acecho y era necesario un nuevo marco jurídico para combatirlo.
La burla y la mentira de aquel "firme para que el pueblo decida", las transformaron en la presunta existencia de una conspiración, probablemente de grupos de militares retirados, que ponía en peligro las instituciones.
No creo que a la gente le guste que le tomen el pelo, la engañen, le mientan y ni siquiera respeten lo que decide.
Pero se ve que ellos son así o tal vez son cosas del contraespionaje que, como no comparto en el primer caso y no entiendo en el segundo, me desagradan los dos.