Hernán Sorhuet Gelós
No es fácil aggionarse a los tiempos que corren. Porque se ha impuesto una realidad compleja y cambiante, definida por factores que interactúan con gran dinámica.
Hoy el desafío es anticiparse a los hechos, por aquello tan conocido de que "es preferible prevenir que curar". Las oportunidades son grandes, pero también los riesgos.
Uno de las grandes riquezas de nuestro país es su biodiversidad. Este patrimonio bien administrado debe garantizar prosperidad y equidad de manera sustentable.
Para lograrlo hay que combatir todas aquellas ideas e iniciativas que prometen ganancias rápidas pero efímeras, con elevados costes ambientales y sociales que, sorprendentemente, siguen sin considerarse en los estudios de factibilidad y de impacto ambiental.
Es el caso de los mega proyecto mineros que desde hace tiempo arriban a la región, y últimamente a Uruguay.
No significa rechazar la minería como actividad productiva, sino aquellos proyectos que encandilan por los montos de inversión y volúmenes de exportación de recursos naturales, pero que dejan a su paso enormes pasivos ambientales y sociales. Hay que ser inteligentes y prácticos a la hora de tomar decisiones importantes, pues involucran los destinos de la sociedad actual y de las venideras.
El punto central que no se puede perder de vista es asegurarnos la conservación de recursos esenciales, como el suelo y el agua; cada vez más valiosos para una humanidad que crece sin parar en un planeta finito.
Vivimos en un asombroso país en el cual casi toda su superficie es de aptitud agropecuaria. Por lo tanto, no podemos darnos el lujo de perder recursos renovables, permitiendo la explotación de otros recursos que no lo son, sin analizar en profundidad todo lo que está en juego.
La minería a cielo abierto tiene la singularidad de destruir para siempre la tierra donde se desarrolla, a lo que se le suma una elevada capacidad de contaminación del agua de la zona. La actividad laboral por un tiempo corto suele ser intensa y luego deja a su paso desolación y desempleo.
Lo justo sería que, al considerarse la factibilidad de un emprendimiento minero de cierta envergadura se cuantificara la pérdida permanente de un recurso renovable fundamental para nuestra sociedad, como lo es la tierra. ¿Qué rentabilidad perderán cada año los productores rurales afectados por la destrucción definitiva del suelo que realizan las empresas mineras? No olvidemos que esta actividad modifica dramáticamente el territorio, y que no requiere de la autorización de los dueños de la tierra.
En el pasado se han justificado estos "sacrificios" de recursos naturales invocando apremiantes situaciones económicas que atravesaban los países. Por fortuna no es nuestro caso. Si algo debemos agradecer a la actual bonanza económica que vive Uruguay, es que nos da tranquilidad, tiempo y estabilidad para elegir las mejores estrategias de desarrollo, sin urgencias ni apremios. Tenemos la posibilidad -y la obligación moral- de escoger el camino de la sustentabilidad.