JULIA RODRÍGUEZ LARRETA
La reunión de medio año de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) realizada en San Diego, California, en conjunto por primera vez, con la Sociedad Estadounidense de Editores de Noticias (ASNE), cerró sus sesiones al mismo tiempo que crecía la incertidumbre respecto de las elecciones que se llevarían a cabo en el Perú, ese fin de semana. A decir verdad, ninguno de los candidatos más votados en esta primera ronda, presagian certitudes de respeto hacia la libertad de expresión lamentablemente. Ollanta Humala por ser un posible presidente a sumarse a la corriente "bolivariana" mientras a Keiko Fujimori no le hace mucho favor a este respecto, sus antecedentes familiares.
Frente a los ataques a la libertad de prensa que se multiplican en varios países de Latinoamérica, dicha preocupación se inscribe sin embargo, dentro de lo que estará por venir. En cambio, lo que se ha visto y se ha denunciado en la "Cumbre de la libertad de expresión en las Américas", es la realidad pura y dura del acontecer actual.
Por presidir la "comisión de los informes país por país" tuve que interiorizarme a fondo en el hostigamiento, cuando no la persecución lisa y llana, a la prensa independiente, que sigue en un "crescendo" pavoroso. Se constata un peligroso efecto dominó en el continente, si bien se mezclen en él orígenes y prácticas distintas según la nación y la zona. En México, por ejemplo, el gran enemigo no proviene del gobierno a diferencia de Ecuador, Venezuela, Bolivia, Argentina, sino del crimen organizado que va enlazando con sus tentáculos a cada sector de la sociedad en forma progresiva, incluidas las fuerzas del orden, la política, a la justicia y hasta al periodismo que amedrentado por los continuos asesinatos entre sus filas, termina por caer en una comprensible autocensura. Los narcotraficantes están logrando convertirse en un poder paralelo al oficial, que impone sus propias reglas por medio del terror y la corrupción.
La lucha en la que desde hace tantos años se empeñan los distintos estados y en la que tantos millones y millones de dólares se gastan de forma improductiva, sigue siendo un gran fracaso, por más que de vez en cuando, los titulares de los medios reproduzcan el éxito de una operación de la policía especializada que ha logrado atrapar a algunos traficantes, o ha interceptado algún cuantioso cargamento. Pero mientras siga siendo un negocio tan lucrativo el comercio ilegal de las drogas, mientras puedan contar con tanto dinero para corromper o asesinar, se trata de un combate tan desigual que el flagelo continuará rampante y lo mayor que se ha conseguido es que cultivadores y traficantes cambien un poco el teatro de operaciones, como ha sucedido con el traslado ocurrido desde Colombia a naciones vecinas a raíz de los avances obtenidos durante el gobierno de Uribe, o cuando en Bolivia se fumigaron gran cantidad de plantaciones de coca, (se terminó bajo Evo Morales) emigrando los cultivos hacia otras partes.
Ante tales evidencias, cada vez se oyen más voces y ha dejado de ser un tema tabú, el analizar la conveniencia de legalizar la droga como única manera de asestar un verdadero golpe mortal al narcotráfico, derivando las enormes cantidades de dinero destinadas para esta lucha y las sumas que se recaudarían vía impuestos, hacia importantes campañas de educación, así como para el tratamiento sanitario de las adicciones. Seguramente habrán recursos más que suficientes para llevar adelante estas iniciativas.
El expresidente Fox, de México -orador invitado a la cumbre de la SIP- hizo hincapié en esta postura, producto seguramente, de su experiencia como gobernante y de la misma manera se han manifestado en un documento que lleva sus firmas, personas de prestigio como los expresidentes Ricardo Lagos, de Chile; José Henrique Cardoso, de Brasil; y César Gaviria, de Colombia entre otros. Pero el debate, desde que lo tirara en la mesa Milton Friedman, cuando pocos se atrevían a plantearlo en voz alta, aún continúa muy verde y no hay posibilidades de obtener buenos resultados, en el mediano o largo plazo, si no se alcanza una convergencia global. Desgraciadamente, hay países cruciales, como Estados Unidos (a pesar de su historia con la ley seca), donde este asunto no se encuentra en la agenda a discutir, tal como lo afirmara la conocida comentarista de televisión norteamericana, que participó en un panel durante la conferencia de la SIP. Son enormes los intereses creados, el lobby subterráneo, las transacciones en la venta de armas y la cruel ironía es que los poderosos narcotraficantes son los primeros en estar en contra de la legalización de la droga. Caso emblemático si lo hay, es el de un excandidato a la presidencia de Colombia tiempo atrás, Álvaro Gómez, quien con un pensamiento de avanzada, anunció su posición favorable a la descriminalización de la droga. No llegó a las elecciones porque antes, esbirros del narcotráfico lo mataron.