Sábado 12.03.2011, 17:39 hs l Montevideo, Uruguay.
 
 
 
 
 
 
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

La duda

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Enrique Beltrán

Algún encontronazo que sacudió mi vida cuando iba en camino de mis noventa y tres años, hizo más empinada la cuesta para mi lucidez y para mi cascoteada inteligencia, por lo que en verdad no pude escribir "El Recodo" desde hace unos cuantos meses. No querría cerrar en silencio una actividad que además de estar vinculada al valor de la libertad, a la suerte de la comunidad y a muy buena parte de mi recorrido vital, la he sentido como una suerte de mandato. Provenía de un joven que fue mi padre, cofundador de este diario, al que apenas conocí pues tenía dos años casi recién cumplidos, cuando moría en un duelo en el viejo Parque Central. Pero de él supe siempre. Por más lejos que dé vuelta la mirada, por más distante que sea el recorrido hasta remontarse a las primeras luces de la percepción. Porque si fue tempranamente ausente, descubre el milagro de una presencia, que si pudo ser tan viva fue, entre otras cosas, por el amor de mi madre que día a día, en medio de escondidas lágrimas, que más tarde percibíamos, nos trasmitía, tal vez idealizada pero con una entrega admirable, los perfiles de aquella figura. Querida sombra que nos acompañó a lo largo de la vida y que muchas veces la sentimos como si estuviera próxima a corporizarse.

No sé si este "Recodo" podrá ser seguido de otros como había ocurrido a lo largo de años. Por lo que puede tener, sin quererlo, ya no un sabor de larga rutina, sino quizás ciertos aires de despedida, más allá de la voluntad para que eso no ocurra todavía. Pero esta libre opción poco dependerá de mis deseos, ya que los años se tornan cada vez más pesados y más autoritarios en sus decisiones, mientras más distantes, debilitadas y contraídas quedan mis posibilidades.

A pesar de las dudas que tuve para la continuidad de esta tarea, que me he adelantado a confesarlas, quiero aprovechar de este esfuerzo, para volver a esa vieja columna y procurar que como cierre de este artículo, por las dudas de si es el final de la cuesta, quiero ocuparme brevemente de dos hechos que hace bien poco se recordaron en el correr de estos días aunque bien lejanos están uno de otro. El primero de ellos son los doscientos años del lejano 1811 del Grito de Asencio, la presencia de Artigas en Las Piedras y el éxodo de su pueblo resultaron ser otras tantas heroicas señales que fueron anticipos de la forja de una nación que felizmente es la nuestra.

También el mes pasado hubo otro aniversario que quiero recordar, por más que sea de otro país que me es distante desde hace años como es la Cuba de los hermanos Castro. Allí se cumplió un año de la muerte asesinato de Orlando Zapata, un modesto albañil que culminó con su martirio una huelga de hambre de ochenta y cinco días de protesta por las indignas condiciones carcelarias tanto más graves cuando se trata de presos políticos. Pese al elaborado ambiente de asfixia y temor segregado por el régimen, Guillermo Fariña, el mismo que un año atrás hizo una huelga de hambre de 135 días, "subió a la azotea de su casa tras un altercado con un oficial y desde ahí habló contra el gobierno y a favor de Zapata minutos antes de la detención".

Dos hechos que el tiempo, la geografía, y las épocas separan y que hoy los aproximo en la evocación. El uno fue el comienzo del alumbramiento de un Pueblo. El otro es un pueblo sumido en la noche, un Poder que se ha ido eternizando y persigue hasta la muerte, si fuera necesario, el menor rayo de luz.