Antonio Mercader
Nuestros desencuentros con Argentina son el rayo que no cesa. Superado el conflicto por Botnia, esta vez no son los piquetes de Gualeguaychú ni el dragado del río lo que nos molesta, sino las restricciones que el gobierno de Buenos Aires le impone a las importaciones uruguayas. Lo hace a pesar de que en su balanza comercial con Uruguay tiene un saldo a favor de mil millones de dólares.
Hasta a José Mujica, quien alguna vez dijo que negociaría cuantas veces fuera necesario, se le escapa algún gesto de impaciencia.
Es verdad que ningún país tiene una relación fácil con sus vecinos. Menos aún si entre ellos existe una diferencia de tamaño como la que nos distingue de Argentina. Sin embargo, una vez solucionado el diferendo del Río de la Plata, causa histórica de múltiples rencillas, las relaciones se reencauzaron en una senda de paz gracias a Juan Domingo Perón, nuestro enemigo de antaño, devenido en padrino del tratado que reconoció nuestros derechos sobre la mitad de las aguas.
Las complicaciones retornaron con Néstor Kirchner en la presidencia y su tendencia a inmiscuirse en los asuntos uruguayos. Su apoyo inicial al Frente Amplio, expresado en palabras y hechos desde la propia Casa Rosada, le hizo pensar que podía ejercer una constante influencia sobre el gobierno oriental. Tabaré Vázquez no tuvo otra que hacerle frente cuando la papelera se convirtió en la manzana de la discordia.
Muerto Kirchner y sustituido Vázquez, se inició una era de mejores relaciones entre ambos gobiernos, tras una laboriosa gestión de Mujica. Se llegó a un acuerdo de monitoreo, discutible por cierto, pero acuerdo al fin. Argentina designó a las cansadas a su embajador en Montevideo y una vez abierto el puente de Fray Bentos, el número de turistas argentinos creció como la espuma. Todo iba bien hasta que el proteccionismo de nuestros vecinos confirmó una vez más que el Mercosur está pintado.
En un intento por defender las medidas proteccionistas de su gobierno, el nuevo embajador argentino no pudo debutar peor. En tono paternalista y sobrador, con un absurdo "no me consta", puso en duda los datos que la prensa uruguaya le aportaba. En vez de calmar las aguas confirmó una sospecha: que el kirchnerismo tiene un complejo de superioridad en lo que a nosotros refiere.
Es una lástima que así sea porque en estos tiempos de evocación del bicentenario deberíamos exaltar el origen común de nuestros pueblos a partir de la Revolución de Mayo, las afinidades compartidas y los lazos que nos unen.
Todo lo cual no debería llevarnos a creer en la palabrería de la "patria grande", en los hechos desmentida por una descarnada defensa de los intereses comerciales.
Por eso, uno se queda perplejo al repasar el discurso de José Mujica en su reciente viaje a Buenos Aires en donde inauguró una cierta "Casa de la Patria Grande" que llevará el nombre del difunto Néstor Kirchner. Allí, el presidente uruguayo declaró que esta es "la parturienta hora de irnos juntando".
¿Parturienta dijo? Si esto es un parto viene de nalgas.