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Juan Martín Posadas
Uruguay es un país de incuestionable tradición presidencialista. Los esporádicos interregnos colegialistas son, hoy en día, una curiosidad que sobrevive en el registro de los memoriosos. Esto ha llevado a que el uruguayo vea las elecciones como una confrontación de candidatos a la Presidencia. Éstas terminan siendo un cotejo entre personas cuando debería ser entre partidos. Entre nosotros la importancia práctica de los partidos tiende a decrecer y las características personales de los candidatos determinan el resultado electoral.
Es en sociedades primitivas donde los partidos políticos son endebles, informes, fugaces o simplemente no existen y los ciudadanos votan a personas que han logrado entusiasmarlos por un motivo o por otro. De ese esquema cultural y político, nacen gobernantes como Evo Morales, Chávez o Correa. Los hombres providenciales son la esperanza infantil de pueblos primitivos, políticamente desamparados. El magnetismo personal o el pintoresquismo no pueden sustituir a la formación, el estudio y la competencia para la compleja tarea de gobernar una sociedad moderna y compleja.
En las sociedades políticamente maduras existen partidos políticos sólidos, con perfiles, tradiciones y contenidos definidos y perdurables. Esos partidos proponen a sus candidatos, miembros representativos y calificados. Las elecciones las dirimen los partidos y no personas; el partido que vence en la votación pone a su candidato en la Presidencia y al resto de sus dirigentes en los cargos de gobierno. No gobierna una persona, gobierna un partido.
Nuestro país, a la par de su decadencia educativa, ha entrado en un declive político por el cual, en la elección del 2009, eligió un candidato, atraído por sus remarcables características personales y cautivado por sus dotes de comunicador: eligió a Mujica. Éste supo tener una popularidad descollante. El Uruguay, bien impresionado -aún más allá de quienes lo votaron- por el discurso ante la Asamblea General y las primeras actitudes, se va dando cuenta que él no puede gobernar porque no tiene respaldo partidario, ni equipo, ni estructuras ni nada. Trátase de una dolorosa sorpresa para un país que, dentro de todo, recibió este nuevo período gubernamental con una expectativa muy favorable. Pero, sobre todo, se trata de una dolorosa sorpresa para el propio Mujica, quien percibe, tan prematuramente, la sensación de que no puede gobernar porque no tiene con qué.
El Frente Amplio no es un partido. Funcionó como regimiento cuando fue conducido con mano de hierro en guante de terciopelo por el sonriente y pausado oncólogo avecindado en el Prado (ex Progreso); eso le dio apariencia de partido. Ellos discuten si el Frente Amplio es coalición o movimiento. No me meto, pero más allá de definiciones hay cosas que están a la vista. Es importante que los uruguayos aprendamos de lo que estamos viendo: en una sociedad moderna y no primitiva el gobierno queda en manos de un partido o queda en el aire. No es maduro votar a un candidato sin tener en cuenta el partido que lo ha de sustentar si le toca gobernar.









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