SEBASTIÁN AUYANET
Unas 600 personas de 68 grupos se graduaron por primera vez en su vida el miércoles pasado. Se trata de quienes decidieron volver o empezar a ir a clase con el programa "En el país de Varela, yo sí puedo", al que asisten jóvenes y adultos.
Según datos del Ministerio de Desarrollo Social, en Uruguay todavía hay 32.000 personas mayores de 15 años que nunca fueron a ningún centro educativo; 156.000 no superaron el tercer año de la educación primaria. Pero casi 5.700 pudieron reiniciar su ciclo de aprendizaje y saber leer y escribir después de décadas de vivir sin poder hacerlo. No sorprendió a nadie aunque la escena era atípica: una fiesta de fin de curso en la que los padres que lloraban eran a la vez los egresados. Los alumnos adultos eran mayoría.
Aproximadamente unas 600 personas divididas en 68 grupos de todo el país integraron durante agosto y diciembre la propuesta de clases de "En el país de Varela, yo sí puedo", la iniciativa del propio Mides que hace volver a completar la escuela -o ir por primera vez- a aquellos que quieran.
La consigna, según las autoridades que estuvieron en la ceremonia realizada en la sede del ministerio, es dar herramientas para que las personas sean los propios hacedores de su destino. "Pero es mucho más que eso. Poder decirle a tu hijo `papá te va a leer hoy de noche` es algo increíble", aseguró Edgar, uno de los graduados. Jorge, un trabajador de Casavalle que tiene dos hijos y dos nietos, contó que gracias al curso le asignaron un puesto mejor: ahora puede trabajar con una computadora. Al curso llegó por medio de una docente que daba cursos de computación en Motociclo, la empresa en la que trabaja. "Fui algunos años a la escuela, pero me olvidé. Me faltaba leer y escribir rápido", reconoció.
EXTRANJEROS. La integración es determinante en cualquier sociedad, y parte de eso se consigue con habilidades básicas. Por eso, Moisés Sunday -un nigeriano de 23 años que hace apenas 3 se bajó de un barco y vive en Uruguay- contó a El País que sin el curso, poco hubiera podido hacer aquí. Su español no es demasiado bueno, dice, pero va mejorando. Gracias a haber aprendido a leer y a escribir, pudo dejar el barco y conseguir un trabajo como repartidor en una farmacia.
Pero Moisés Sunday tampoco fue el único inmigrante dentro del programa: su clase de la Escuela Santiago de Chile, en el Centro, tuvo además a dos brasileños y dos peruanos, que acompañan a los únicos dos "criollitos" del salón, según contó Laura Rivero, su maestra.
El programa funciona con una frecuencia de cuatro encuentros semanales y cada clase dura una hora y media. Las maestras que participaron del curso, también homenajeadas, destacaron el propio aprendizaje profesional, ya que la relación con los alumnos es otra, dadas las cercanías en edad y el interés de quienes asisten. El promedio por clase es de entre 9 y 10 alumnos, señaló Yamandú Ferraz, director de la División de Atención a Colectivos y Población Vulnerable.
Lauro Meléndez, ministro interino de Desarrollo Social, señaló que se estudian caminos para captar más alumnos. De momento, el boca a boca parece ser lo más efectivo, ya que pidieron a los graduados que acerquen a conocidos, amigos y familiares a animarse al curso "sin que haya vergüenza".
"Lo mejor de todo esto es la experiencia nueva para alguien como yo, que es haber participado de una iniciativa en la que se acerca al que necesita saber y al que se lo puede dar. Veo a mis alumnos, que hoy son mis amigos, y me siento orgullosa", concluyó la maestra, antes de entregarle a su promoción los certificados y un juego de libros que los alumnos, ahora sí, podrán leer en sus casas.