EL PAÍS DE MADRID
El Reino Unido y Francia proyectan calibrar la satisfacción y el bienestar general junto a las cifras macroeconómicas, sobre la base de que el dinero no es todo en la vida. Evalúan la manera de cuantificar esta alegría.
"Ha llegado la hora de que admitamos que hay más cosas en la vida que el dinero y ha llegado la hora de que nos centremos no sólo en el producto interior bruto (PIB), sino en una felicidad general", dijo el primer ministro David Cameron cuando, desde la oposición, lanzó la promesa.
Ahora que el líder tory está en el gobierno, ha decidido ponerse manos a la obra y pedirá en breve a la Oficina Nacional de Estadísticas que incorpore nuevas preguntas a su sondeo habitual en los hogares británicos para conocer el nivel de bienestar de sus integrantes, según publicó hace días The Guardian.
La medida se comienza a evaluar en medio de una dura crisis europea, con un drástico recorte social que ha hecho levantarse a los estudiantes británicos contra el Ejecutivo, lo que abona las críticas a un eventual uso populista de la iniciativa.
Francia también ha cuestionado "la religión del número", en palabras de su presidente, Nicolas Sarkozy, y ha planteado un cambio en los indicadores económicos tras haber encargado a Joseph Stiglitz un informe sobre el progreso económico social.
Y la Comisión Europea puso en marcha tres grupos de trabajo relacionados: uno que complemente el PIB; otro que aborde los efectos medioambientales y otro que trabaje en la medición de la calidad de vida de los europeos atendiendo a ocho variables (salud, educación, seguridad, entre otros) con el objetivo, a largo plazo, de lograr un indicador objetivo agregado.
Y es que el PIB recoge, grosso modo, los bienes y servicios que genera un país y es el indicador más internacional, pero cada vez es mayor el número de teóricos que lo cuestionan como termómetro de progreso de nivel de bienestar: no valora las desigualdades, no descuenta los costos del crecimiento económico en el medio ambiente y la calidad de vida de las personas y es ciego a elementos como la cultura y salud.
"El PIB como compás que guía a una nación ha quedado obsoleto. Y cuando un país ya no es una economía emergente, cuando ya ha alcanzado cierto nivel de desarrollo económico, hay que empezar a valorar más datos: renta por habitante, desigualdades sociales, algún ratio que mida los recursos naturales gastados en generar producción para ver si somos cada vez más eficientes... Se ha instalado la idea de que, si el PIB va bien, todo va bien, y en un país desarrollado hay que ir a crecimientos más cualitativos", explica Aniol Esteban, el jefe de economía ambiental de la New Economics Foundation (NEF).
QUEJAS. La idea de hacer indicadores alternativos, homologables e internacionales, no obstante, está plagada de peros. Porque lo que uno considera medida de la felicidad puede convertirse en barra libre: el Reino Unido medirá las tasas de reciclaje, según una información publicada recientemente por The Guardian, y Bután, ese pequeño país asiático que ha cobrado fama por ser el único con una tasa anual de felicidad interior bruta (FIB), pone su atención en aspectos como el número de veces que se reza al día, entre otros aspectos, claro, como la salud, el tiempo libre o la cultura.
Fernando Esteve, profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid, ha estudiado con profundidad la Economía de la Felicidad y es consciente de sus inconvenientes.
"No se puede medir la felicidad, se pueden hacer aproximaciones, porque los enfoques son muy criticables", apunta. La economía de la felicidad entiende que el desarrollo económico no es un fin en sí mismo, sino que debe traducirse en bienestar, "pero esto tiene pegas, porque las preguntas que plantean son muy abstractas, como ¿cuánto es usted de feliz del 1 al 10?, por ejemplo.
Y en toda encuesta al respecto existe el sesgo de que la gente dice que está bien, que es feliz, porque lo contrario causa una sensación de fracaso personal, de derrotismo, muy mal visto", reflexiona Esteve.
Unos métodos atienden al bienestar objetivo, otros al subjetivo, y otros los combinan. En general, se toma una serie de valores que influyen en esa felicidad (el nivel de paro, la salud, las horas que se duerme al día...), se le da un peso a cada una y se evalúa la felicidad según esas variables escogidas.
MEDICIONES. La fundación NEF elabora un Índice del Planeta Feliz (en el que cruza la esperanza de vida, los recursos empleados y la satisfacción) y unas Cuentas Nacionales de Bienestar, que se basan en las preguntas de la Encuesta Social Europa y cruza el bienestar social (donde se pregunta sobre la relación con la familia, los amigos, los vecinos o los compañeros de trabajo) con el bienestar personal (que lanza cuestiones como ¿has aprendido algo la última semana? Del 0 al 10, ¿qué nivel de satisfacción has alcanzado?).
Mariano Gómez del Moral, asesor de presidencia del Instituto Nacional de Estadística, pertenece a uno de los grupos de trabajo de la Comisión Europea, en el que trabaja en la elaboración de un índice de calidad de vida, y cree que "hay que hablar de bienestar más que de felicidad". Los primeros resultados del proyecto "empezarán a verse en 2011", apunta.
La Organización de Naciones Unidas, por su parte, también publica desde hace años un Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) atendiendo a factores como la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la riqueza por habitante, entre otros criterios.
En el informe de 2008, Estados Unidos, por ejemplo, se sitúa como el país más rico del mundo, pero ocupa el puesto 12 de este ranking.
La cuestión de fondo que emerge de todas estas preguntas sería: ¿Es el crecimiento económico sinónimo perfecto del bienestar para un país? O, en conversación de café, ¿da el dinero la felicidad? Pues hay una respuesta y es que sí. Pero hasta cierto punto.
Sin adentrarse en el jardín filosófico que supone abordar el asunto, la literatura académica ha analizado el interrogante en varias ocasiones y ha certificado que, cuanto mayor es la renta per cápita de un país, mayor es el nivel de bienestar de los ciudadanos, pero esta correlación entre riqueza y felicidad pierde fuerza cuanto más rico es un país. Es decir, que a partir de un nivel de desarrollo el crecimiento de la riqueza ya no es proporcional al del bienestar de sus ciudadanos. ¿Por qué? Por dos motivos: el habituamiento y la relatividad.
El profesor Manel Baucells, de la Universidad Pompeu Fabra, es uno de los expertos que se ha dedicado a analizar la cuestión en varios informes. Para él, "la habituación al dinero mata esa felicidad nueva generada por el crecimiento económico. Tú te puedes obsesionar por el PIB y si preguntas dentro de 100 años tu población puede no ser mucho más feliz". Esto es lo que ocurre también con los países, es global.
"Cuando ya has alcanzado ciertas cosas materiales, te empiezas a preguntar por otras. Así que, si este mecanismo mental ocurre en las personas, de forma individual, ¿por qué no va a suceder en un país en global?", se pregunta el profesor Esteve. Por eso a Cameron y a Sarkozy les ha dado por preguntar a sus ciudadanos qué tal lo llevan.
Las cifras
97% De los habitantes de Bután son felices. Es el único país que hoy mide el FIB.
12 El puesto de EE.UU. en el índice de desarrollo humano, pero es el más rico de todos.
En Bután el 97% de la población se declara "feliz" o "muy feliz"
Jigme Thinley es un hombre feliz y un primer ministro único. Encabezó el gobierno cuando Bután aún era un reino y lo dirige ahora que es la democracia más joven del mundo. Los ciudadanos del pequeño país encajonado entre China e India no lo paran por la calle: lo llaman a su teléfono celular.
"Mi número es público. Me llaman a cualquier hora y estoy obligado a responder, como todos los ministros. Es nuestra responsabilidad". Aunque no todas las peticiones son razonables, y recuerda la de aquel que tenía problemas con la ley. "Creía que yo podía arreglarlo, pero no puedo", reconoció.
Jigme Thinley también es un líder diferente porque en su país se toma en serio y defiende ante todo el mundo el concepto de la Felicidad Interior Bruta (FIB), que calcula cuán felices son los ciudadanos de un determiando país.
El índice mide mejor el progreso que el clásico PIB, que solamente indica si la economía crece o cae.
En 2008 el 97% de los butaneses se declaró feliz o muy feliz, pero a pesar de esto, Jigme Thinley asegura convencido que hay margen para mejorar. EL PAÍS DE MADRID