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Pamela cox (*)
Si la educación fuera simplemente el hecho de acceder a un aula de clases, América Latina y el Caribe habrían cumplido la tarea. La mayoría de los países en la región ha hecho enormes progresos en acercarse a la universalidad de acceso a la educación básica. A nivel de secundaria y universidad también hay un claro progreso.
Pero más allá del acceso, el objetivo esencial de la educación es el aprendizaje. Asegurar que los niños y jóvenes tengan un desempeño de acuerdo a los requerimientos de la época es una condición necesaria para que la sociedad progrese. Y en ese aspecto la región tiene todavía una asignatura pendiente.
Este es un tema crítico que seguramente es fuente de preocupación para los jefes de estado y gobierno de Iberoamérica que se reúnen este fin de semana en Mar del Plata, Argentina.
Los países latinoamericanos presentan año tras año un pobre desempeño académico en evaluaciones internacionales. En 2006, un puñado de países de la región (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay) participaron en el Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, según siglas en inglés). En su totalidad se ubicaron entre los 20 peores peldaños en lectura, matemáticas y ciencias, muy por debajo del promedio de casi 60 países.
Es pues evidente que mejorar la educación debe ser prioridad entre políticos, educadores y familias en la región.
Más aún, debe serlo ya que América Latina se mantiene como una región desigual y que la educación es el factor nivelador más importante de movilidad social.
Por años esa simple idea no permeó en algunos sectores de la sociedad. Temían que un trabajador mejor educado pudiera afectar la productividad al hacerse más costosa la mano de obra. Hoy es claro que el reto de la competitividad exige trabajadores que tengan las habilidades necesarias para enfrentar los desafíos. Una inversión que se enfoque en mejorar las oportunidades educativas entre los más humildes se justifica tanto económica como socialmente.
Si bien la brecha entre ricos y pobres ha disminuido en los últimos años, aún es parte de la realidad regional. Mientras cuatro de cada cinco niños en el sector de altos ingresos termina la secundaria, solo uno de cada cinco la termina en el sector más pobre.
Para reducir este tipo de desigualdades, los gobiernos han puesto énfasis en diversos aspectos educativos, que abarcan desde programas de desarrollo en la primera infancia hasta programas de aprendizaje a lo largo de la vida. En varios de ellos, el Banco Mundial proporciona asistencia técnica y financiera.
Diversos estudios muestran que la más lucrativa inversión en capital humano ocurre en los primeros cinco años de vida. y hacia allí se apunta.
Para lograr una educación incluyente, lema de esta Cumbre, será esencial apoyar la educación de alta calidad basada en resultados. Ese curso de acción contribuiría a extender el progreso económico y social logrado en los últimos años a toda la sociedad.
(*) Pamela Cox es Vicepresidente para América Latina y el Caribe en el Banco Mundial



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