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IGNACIO DE POSADAS
Aquello de Jorge Batlle, de que son todos chorros, repetido apenas elípticamente por José Mujica y aumentado con lo del país partido en dos, a todos nos parece una falta de prudencia y recato.
Pero, si no aprobamos el estilo y aún lo extremo de algún calificativo, la gran mayoría de los uruguayos está firmemente convencido de que existen abismales diferencias entre nosotros y aquéllos a los que, al mismo tiempo y con gran fallutería, llamamos "hermanos".
En el imaginario nacional, está clavado que son distintos y una de las principales diferencias que les anotamos es su soberbia.
La otra, un estilo entre tito, sobrador y procaz.
Como el de Tinelli, ¿viste?
Sí, ese Tinelli que los mismos orientales críticos ven semanalmente.
La soberbia viene en estilos diferentes. Aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.
Irónicamente, los propios argentinos contribuyen a que nosotros hayamos desarrollado una fenomenal soberbia, un gigantesco complejo de superioridad que, como siempre ocurre con tales vicios, nos oscurecen la realidad.
"¿Te imaginás lo que sería la Argentina sin los argentinos?"
¿Cuántas veces escuchamos/dijimos algo así ?
"Un país tan rico (la Argentina) y no consigue salir del subdesarrollo".
¿Y por casa?
Habiendo perfeccionado el oficio de compararnos (favorablemente, claro) con la Argentina, hemos perdido de vista la realidad de nuestro país.
Regodeándonos con los atropellos kirchneristas a las instituciones, no caemos en la cuenta que aquí, aunque generalmente con un estilo menos chabacano, vamos muy avanzados en el camino de deformar y abandonar el Estado de derecho.
La transformación de un reclamo repetido en la pretensión de un derecho y su traducción en medidas de fuerza para imponerlo, son hoy moneda corriente, a la vista y paciencia (cuando no complacencia y aliento) de las autoridades.
Despojar a ciertas personas de la protección que eligieron para su salud, sin otra causa que la avidez por hacerse de su dinero; alentar violaciones a la propiedad o a la libertad de circulación so capa de ser expresiones válidas de reivindicaciones laborales; redactar leyes a la medida de casos o personas concretas; fabricar principios jurídicos inexistentes o abolir otros milenarios, como la prescripción, todo eso y mucho más son ejemplos del progresivo y alarmante deterioro al Estado de derecho, incluyendo en él instituciones básicas del gobierno y del Estado, vaciadas de contenido y autoridad ante un avance avasallador del corporativismo y de un relativismo, filosófico y jurídico, preocupante.
El gremialista no concibe que se resuelva o se legisle sin consultarlo o contra su voluntad, el juez pasa a creer que su rol no es interpretar la ley sino decidir cuándo es aplicable y cuándo debe primar la percepción de otros valores, el jerarca fiscal parte de la premisa que todos son culpables hasta que no negocien una culpabilidad menor, el gobernante gambetea el ejercicio de la autoridad que está en la esencia del cargo que buscó y obtuvo, sustituyéndolo por fórmulas de supuesta sabiduría (trucha), etc., etc.
En el medio, quienes no integran ningún colectivo con poder fáctico o se apuran para integrar uno (como están haciendo los médicos y los escribanos), o se resignan a quedarla. Y todos nos contentamos diciendo "¡mirá la Argentina, lo mal que está!"
¡Qué consuelo de tontos!





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