JORGE ABBONDANZA
Hace 203 años las invasiones inglesas fracasaron en el Río de la Plata, de manera que Argentina y Uruguay nunca fueron anexados al Imperio Británico, aunque sus ferrocarriles, aguas corrientes, tranvías, frigoríficos, compañías de gas y bosques de quebracho serían explotados por una economía que se manejaba desde Londres. Eso creó la mentalidad colonial que dos siglos después celebra con titulares de prensa el compromiso matrimonial del príncipe William con Kate Middleton, demostrando que el resplandor de las viejas monarquías mantiene su irradiación sobre las nuevas repúblicas, quizá como parte de los mitos de un europeísmo que todavía resopla.
Sin embargo hay un rasgo de modernidad en ese brote de atavismo, porque Kate Middleton no es una princesa y ni siquiera pertenece a la nobleza, como su difunta suegra Diana Spencer. Es una plebeya muy linda, hija de burgueses que se enriquecieron vendiendo artículos para fiestas infantiles. Por eso debió esperar nueve años (de discreto noviazgo) para que los Windsor bajaran el copete y la admitieran como futura cónyuge del muchacho que podrá convertirse en monarca del Reino Unido. Tuvo paciencia y ahora posa para los fotógrafos con la sonrisa de quien perdió nueve batallas pero finalmente ha ganado la guerra.
Hasta hace poco tiempo, los herederos de un trono estaban obligados a casarse con mujeres de sangre azul (¿descolorida por la endogamia?), como lo prueban sin ir más lejos Juan Carlos y Sofía, o la propia Elizabeth con Philip Mountbatten. Pero los años pasan y la democratización impone su sello triunfal, sin necesidad de derrocar a las coronas. Es así que se casaron con plebeyas los herederos de Noruega, Holanda, España, Dinamarca y Suecia. El hecho parece demasiado frecuente para ser casual: como en las telenovelas, el sentimiento es más fuerte que la calculadora mentalidad patriarcal.
Hurgando en la arqueología dinástica, se descubre que en el pasado también hubo alguna realeza transgresora que se casó con señoras desprovistas de toda calidad principesca. Eso ocurrió al menos dos veces en Francia, cuando Enrique II llevó al altar a Catalina de Médici y cien años después, cuando Enrique IV se casó con María de Médici. La explicación estaba en la dote monumental de ambas candidatas, integrantes de una familia de comerciantes florentinos cuya riqueza también produjo dos papas. Una gran fortuna explica muchas cosas, como la novedad de que en Japón el actual emperador Akihito sea el primero de su milenario linaje en estar casado con una plebeya, hija sin embargo de opulentos industriales.
Por eso la novela del príncipe William -al fin y al cabo hijo de Charles, que terminó casándose con la bisnieta de la amante de su tatarabuelo- confirma que todo se humaniza, hasta la rigidez monárquica. Los devotos de la heráldica tendrán, en adelante, menos blasones para lustrar.