HUGO GARCÍA ROBLES
En el panorama del canto popular uruguayo, abundan las figuras tocadas por el talento. Entre los ausentes, la personalidad de Alfredo Zitarrosa es buen ejemplo de esa floración que, como en el caso de Osiris Rodríguez Castillo, muestra distintas variantes y procedencias.
La reciente desaparición de José Carbajal ha repercutido en todos los estratos de la vida nacional. El Sabalero tuvo luz propia y logró cuajar en su trayectoria un perfil determinado y exclusivo en el ejercicio del canto. No era un intérprete vocal dotado y tenía conciencia de ello, pero suplía esa carencia con una honestidad que hizo que sus versiones ciñeran perfectamente sus creaciones. Saltó las fronteras nacionales y algunas de sus canciones hicieron camino en el mundo. Por ejemplo, esa maravilla que se llama Chiquillada transitó hasta la voz del gran Jorge Cafrune y la más reciente Soledad, ambos de la hermana República Argentina.
Desde su Juan Lacaze nativo, Carbajal alternó su residencia europea con la permanente conexión con el suelo patrio. Tocado por el genio, tenía intereses múltiples y así visitaba, por ejemplo, el taller de la artista plástica Ana Baxter. Había cierta noble inocencia en esta mirada suya que hacía de su entorno inmediato, el marco en principio reducido de un paraje como Villa Pancha o de la prenda de vestir que cantó en Chiquillada. Pero esa inocencia era el camino que transformaba el paraje en un mundo y al "pantalón cortito" en verdadera cifra de la infancia. Una evocación poética que no renunciaba a ninguno de los datos que la infancia de las capas sociales populares contiene: la pelota de trapo, la mascota, las cometas.
No hubo otro ejemplo de esta concepción del canto y el poema como asedio de esa región restringida y entrañable que suele pasar inadvertida. Carbajal tuvo la llave secreta de esos mecanismos y rincones de la emoción, sin sentimentalismos. ¿Quién pudo detenerse en la persecución de los "panaderos"? El vilano estival que celebrado por él despliega toda la poesía "naïve" de los niños y que de ningún modo es asunto menor. Como Saint-Exupery en El Principito, El Sabalero ocupó ese territorio mínimo alzándolo a la verdadera categoría de espacio universal.