COPIAPÓ | EL MERCURIO / GDA
Cuando una sonda reveló que estaban vivos el 22 de agosto, los 33 mineros llevaban ya 72 horas de ayuno. Antes tomaron agua contaminada y sentían que les faltaba el aire. Pese a la adversidad, seguían organizados y todo lo resolvían votando.
"Estábamos esperando la muerte". La frase de Richard Villarroel, el joven de 27 años que nunca le dijo a su madre que trabajaba en una mina, comienza a develar las reales y desesperadas condiciones en que estaban los 33 trabajadores encerrados en el fondo de la mina San José, cuando en la madrugada del 22 de agosto tuvieron contacto con la primera sonda que llegó al taller en busca de señales de vida.
Ante la desesperación del derrumbe que los dejó atrapados, una de las primeras decisiones que tomaron fue enviar señales al exterior. Para eso se valieron de la materia prima que había en el yacimiento y Villarroel tomó una camioneta y subió por lo que quedaba de rampa hasta el nivel 190. Ahí comenzó a quemar neumáticos, a manera de señal, "para ver si veían humo o algo".
Ese intento no fue el único y realizaron también pequeñas detonaciones de explosivos y apoyaron maquinaria pesada contra los muros de la galería para que la mina vibrara hacia la superficie. Nadie sintió nada.
"Si hubiésemos puesto atención desde el día uno a la cima de la mina, nos habríamos dado cuenta antes de que los mineros estaban vivos por el humo que echaban con el fuego que hicieron o el ruido que generaron con las detonaciones", reconoció ahora Miguel Fortt, asesor del rescate.
El día que la sonda los contactó, los mineros llevaban 72 horas de ayuno, medida que habían adoptado para maximizar las tres raciones de atún que les quedaban. Se habían podido organizar bajo el liderazgo del jefe de turno, Luis Urzúa. Todo se resolvía con votaciones. "Éramos 33, así es que 16 más uno era la mayoría", explicó él mismo.
La disciplina tenía un alto costo físico. Al cabo de 17 días de aislamiento, relató Richard Villarroel, "nos estábamos consumiendo, como si estuviéramos trabajando. Nos movíamos, pero no comíamos bien. Nuestros cuerpos se consumían y nos pusimos cada vez más flacos. Mi cuerpo se consumía a sí mismo".
La lucha por la supervivencia marcó tanto a Omar Reygadas que, cuando salió de la mina el miércoles a las 13:39, llevaba entre sus pertenencias la cuchara que usó para alimentarse. "Estaba muy delgado ahora cuando salió, pero venía muy tranquilo. Ahora sólo quiere descansar", contó su hija Alejandra. Su padre le habló también del miedo y la desesperanza. Según su testimonio, tras varios días de espera, muchos pensaron que ya no serían rescatados y se rindieron. En la angustia y desesperación del encierro a 622 metros bajo la tierra, varios del grupo habrían sentido que estaban agonizando y ya temían lo peor.
Como se sabe, en la mina había agua, pero recién ahora hay más datos sobre su calidad. Cuando sólo les quedaban 10 litros decidieron recurrir al líquido que había en la mina. "Tenía mal gusto, gran cantidad de aceite de las máquinas, pero debíamos tomarla", afirmó Villarroel. "Muchos comenzaron a tener dolor de estómago", añadió Darío Segovia.
Este minero relató a su hermano Alberto parte de lo que vivió mientras estuvieron incomunicados. "Cuando sólo tenían 10 litros de agua mineral, para racionalizarla entre todos, comenzaron a beber agua contaminada que estaba en tambores, y muchos comenzaron a tener dolor de estómago", explicó.
Con la leche pasó algo parecido: duró pocos días porque "se echó a perder", dijeron.
La presencia de oxígeno en el yacimiento tampoco era abundante. Según Darío Segovia -al que le diagnosticaron una enfermedad en los dientes y una leve alza de presión al salir de la mina en la tarde del miércoles, en el lugar número 20-, sus compañeros "estaban desesperados porque les faltaba el aire y por eso recorrían constantemente la galería".
En ese contexto, el liderazgo de Urzúa y de José Henríquez -denominado el guía espiritual del grupo- fue clave. Mientras el primero les decía que debían tener fuerza interior, el segundo apelaba a la oración. "Yo nunca había rezado, pero aprendí a rezar, a estar cerca de Dios", contó Villarroel, que será padre el próximo mes.
"Nos prestábamos apoyo todos"
Flanklin Lobos, el minero futbolista, relató que la clave de la supervivencia estuvo en la unión entre ellos. "Sin conocer a mucha gente de los que estaban trabajando en ese momento que quedamos atrapados, supimos unirnos y fue lo más importante", contó a la radio chilena ADN de modo simple y directo.
"Nos unimos en los momentos difíciles, cuando no había nada, cuando teníamos que tomar agua que no era para tomarla. Nos unimos cuando no había comida, cuando había que comerse una cucharita de atún porque no había más".
Richard Villarroel destacó algo parecido: "Nos prestábamos apoyo todos. Si uno estaba mal, el compañero de al lado le daba la mano".
Este espíritu de equipo es el que pretenden conservar a futuro, y es por eso que buscarán un representante ante los medios y un administrador. EL MERCURIO / GDA Y EL PAÍS DE MADRID
"Hemos aprendido mucho allá abajo"
Como algunos de sus compañeros que quedaron atrapados, Edison Fernando Peña, de 34 años, ya tiene planes para el futuro.
Antes de ser dado de alta comentó que a partir de ahora le gustaría emplear su vida en dar clases de superación personal.
"Hemos aprendido mucho allá abajo", señaló antes de comerse un pedazo de carne, de pie y con la bandeja en la cama. "Hemos aprendido, por ejemplo, a contar mucho más con nuestras familias. Y toda esa miel de lo que aprendimos queremos derramarla sobre mucha gente".
Peña recordó en el hospital que uno de los peores momentos que vivió fue cuando la mina se vino abajo y no se veía ni oía nada: "Pensé que no íbamos a volver a ver nada más". Para matar la ansiedad, corría 10 kilómetros diarios en los escasos 800 metros que separan el refugio del taller. Soñaba con playas y con correr al aire libre. EL PAÍS DE MADRID