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Francisco Faig
Las derivaciones políticas de algunas graves noticias de estas semanas van todas en un mismo sentido: el avance del proceso refundacional del país con signo tupamaro.
Nadie cree que la excepcional crisis que vive la Armada no pueda extenderse a las otras fuerzas. La consecuencia anunciada es una reestructuración administrativa, organizacional y jerárquica, sobre base de asfixia presupuestal. La evidencia de la podredumbre legitima la importancia de la futura reforma. Sin embargo, creer que ningún tupamaro supiera nada de este desorden antes del 1º de marzo es de una ingenuidad infantil. Rosadilla conoce del tema militar hace años; los tupamaros están bien informados hace décadas.
Los antecedentes relevantes de Gregori para ser el jefe de todos los aparatos de inteligencia del Estado son dos: ser tupamaro y haber accedido, en tiempos de la administración Berruti, a los archivos que el Ministerio de Defensa guardaba de la época de la dictadura con información secreta sobre ciudadanos del país. A pesar de las quejas parlamentarias, Gregori sigue haciendo lo que quiere, reporta exclusivamente al Presidente, y no tiene control institucional.
La figura del delegado presidencial que coordina políticas nacionales en todos los departamentos del país multiplica burocracia en tiempos de Internet.
Pero sobre todo, como los blancos se dieron cuenta ya, relativizará el papel de los intendentes. Junto con el horror de los alcaldes (alentado por parte del Partido Nacional), la jugada institucional es clara: por abajo y por arriba se debilita el poder de los caudillos departamentales de los partidos tradicionales, últimos refugios electorales de la oposición.
El apoyo presidencial a Gonzalo Fernández no puede ocultar la voluntad tupamara de aplastarlo políticamente. Es un flanco débil de Vázquez y, más tarde o más temprano, el bochorno de las denuncias de Brecha terminará afectando al ex-presidente.
Es muy ingenuo creer que no existe coordinación entre la dura posición del MPP y la conciliadora actitud de Mujica sobre el tema.
No habrá reforma que tuerza el cuello de los sindicatos encaramados en el poder de la educación. Desde allí se seguirá construyendo un relato de Historia reciente que exima de toda responsabilidad a la guerrilla, que demonice a los partidos tradicionales, y que forme a las nuevas generaciones del país.
Los líderes tupamaros tienen experiencia en batallas políticas y militares; juegan de memoria; saben lo que quieren; y además, tienen sentido de la Historia. Con recursos económicos, fuerza electoral legítima y convencimiento militante, avanzan sobre el poder real: educación, fuerzas armadas, información, arquitectura institucional. Ceden en la táctica menor que, además, legitima todo el proyecto: ¿cómo no integrar a la oposición a los cargos que le corresponde, si eso mejora la imagen del gobierno y disciplina a la propia izquierda?
No percibir vinculación alguna entre estos episodios y procesos implica subestimar la inteligencia tupamara. Y pecar de ingenuos.










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