MATÍAS CASTRO
Estaba furioso. Se cansó de ser una estrella de tendencia. Calamaro se enojó y cerró su cuenta en Twitter y el hecho fue más comentado que cualquier cosa que haya podido decir mientras la tuvo abierta. No está muy claro por qué lo hizo con tanta bronca. "Me importa tres pepinos perder un segundo más en el rebaño de boludos con Blackberry", dijo. Del enojo reflejado en sus palabras se podría deducir que llegó a Twitter en base a que mucha gente le insistió hasta el hartazgo. El resto de su declaración se puede leer en su página web, en la sección blog, aunque lo pomposo de sus palabras hacen que casi todo el texto aporte algo más que el mensaje básico que indica que dejó este servicio web.
El problema del Twitter, tal como más o menos se comenzó a explicar ayer, es el uso que se le da. Por cierto que la gente con Blackberry que Calamaro desprecia puede resultar enloquecedora. Ese servicio de los celulares, que facilita la conexión a Internet y ayuda a que se pueda actualizar la cuenta de Twitter en todo momento, es lo que ha dado pie a la adicción de muchos para contar en todo momento y desde cualquier lugar lo que se está haciendo. Pero eso que da Twitter no deja de ser una extensión de lo que permite Facebook, al contar todo a todo el mundo y todo el tiempo. La diferencia está en que Twitter puede ser rápidamente actualizado desde un celular.
Es, en definitiva, un servicio a la vanidad de cada uno (aunque el cierre de la cuenta de Calamaro sea también un gesto de vanidad y superioridad). Eso es lo que explica el por qué alguien puede estar interesado en hacer públicas hasta las más pequeñas trivialidades de la vida cotidiana. A diferencia de Facebook, donde hay una red de contactos con cierta horizontalidad, en Twitter hay seguidores. El concepto es claramente distinto, porque pone al emisor de la noticia (Calamaro, Sofía Zámolo, Lady Gaga o quien sea), en una posición de destaque frente a los receptores, aunque les puedan responder. Por eso ha resultado un medio idóneo para los famosos.