PABLO DA SILVEIRA
Es buena idea abandonar la representación política tradicional para avanzar hacia alguna forma de democracia participativa? Al menos en parte, la respuesta a esta pregunta depende de cómo contestemos otra: ¿tenemos razones para preferir una ciudadanía que participa a una que no lo hace?
Una respuesta clásica a este interrogante consiste en decir que la participación es deseable porque hace mejores a los ciudadanos. Esta idea suele asociarse al viejo aserto aristotélico según el cual "el hombre es un animal político". Si eso es verdad, una vida individual de la que esté ausente la política será una vida en la que no se habrán desplegado nuestras potencialidades más específicas. Dicho en breve, una vida desentendida de la política será una vida humana incompleta.
Si hubiera consenso en torno a esta idea, tendríamos una razón para impulsar la participación política desde el Estado. Pero el punto es que ese consenso no existe. Muchas personas prefieren vivir vidas en las que hay poco espacio para la política, pero que igualmente consideran valiosas. Para decirlo con un ejemplo: es difícil imaginar una vida más plena y fructífera que la de Leonardo Da Vinci. Pero Leonardo no se metió en política, pese a que estuvo cerca de los poderosos y a que vivió en un entorno muy politizado. Simplemente, prefirió dedicarse a otras tareas.
Muchos ciudadanos menos notorios que Leonardo también prefieren dedicar su tiempo libre a actividades puramente privadas, como jugar con sus hijos, practicar deportes o cultivar su jardín. Y no es para nada seguro que se equivoquen.
Un ciudadano puramente privado no es necesariamente menos racional que uno movilizado. Para constatarlo, alcanza con observar que muchos militantes están gobernados por emociones muy primarias o son simples títeres de sus dirigencias políticas. Tampoco hay razones para pensar que los ciudadanos involucrados en la vida pública son siempre superiores en términos morales. Nada impide, por ejemplo, que un militante político y social sea al mismo tiempo un golpeador de mujeres.
La verdad es que los miembros de las sociedades democráticas no estamos de acuerdo acerca de cuánta acción pública queremos en nuestras vidas. Asignar una prioridad a lo privado no es necesariamente un signo de apatía ni de irresponsabilidad. El sistema representativo tiene en cuenta esta discrepancia, y por eso separa los derechos políticos de la voluntad de participar. Al asegurar a todos la posibilidad de elegir a sus representantes, obliga a los políticos profesionales a incluir en sus cálculos a quienes no se movilizan. En cambio, los regímenes participativos elevan el precio que hay que pagar para existir políticamente. Si uno quiere incidir, debe dedicar tiempo y energía a la acción colectiva. Si uno prefiere quedarse en casa, se vuelve invisible. Así se genera una nueva oligarquía: la de los militantes.
Esto no es un argumento contra todo intento de promover la participación o el involucramiento en política, sino contra todo diseño institucional que condicione la posibilidad de ejercer derechos políticos a la decisión de movilizarse.