JORGE ABBONDANZA
Cataluña no es la primera región de España que prohíbe las corridas de toros. Ya lo habían hecho las Canarias hace 19 años, en el marco de una ley de protección a los animales. Pero el miércoles 28 de julio, el parlamento autonómico catalán adoptó esa medida por 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones, al cabo de siete meses de debate impulsado por una campaña popular que había reunido 180.000 firmas. La nueva disposición establece que toda manifestación de tauromaquia deberá cesar en esa región en enero de 2012, fecha en que se cumplen (emblemáticamente) cien años de la prohibición de las corridas en el Uruguay, aunque en este país ya estaban de hecho suspendidas desde 1888.
La decisión catalana provocó en España grandes polémicas, como era previsible, y hasta manifestaciones callejeras entre ambos bandos, con carteles y alguna violencia frente a la plaza La Monumental de Barcelona. Quienes defienden los espectáculos taurinos, invocan la poderosa tradición popular que respalda desde hace siglos a esa fiesta, un culto masivo y casi ritual en torno al cual se realizaron en la península 1.848 corridas a lo largo de 2009, protagonizadas por los 8.301 toreros profesionales que figuran en el registro español. En Cataluña, donde los gremios vinculados a ese oficio temen quedar desocupados, se mantendrán empero los "correbous", otra violenta celebración donde a los toros se les prenden fogatas en las astas para que corran (despavoridos) entre la multitud que los contempla. Hace pocos días, durante uno de esos espectáculos realizado en la localidad valenciana de Godella, un espectador murió corneado por uno de los animales con la testa en llamas. Podría decirse que el hombre murió en su ley.
Quienes en cambio se oponen a las corridas no sólo las califican de exhibición "cruel y bárbara", sino que manejan terribles entretelones a los que no tiene acceso el público. Entre ellos figuran "las palizas con sacos de arena para quebrantar al animal" antes de la corrida, así como "los largos ayunos sustituídos por un día de comida excesiva, para que el toro se sienta cansado, cerca del agotamiento" al salir al ruedo, luego de lo cual "la pica le rompe al animal los músculos del cuello. Así no puede girar la cabeza y sólo embiste de frente". Después, claro está, vienen las banderillas que lo desangran y el estoque que lo mata.
El jueves 29, al cabo de una función de "Simon Boccanegra" de Verdi en el Teatro Real de Madrid, el tenor Plácido Domingo fue ovacionado durante 28 minutos por su actuación. Aprovechó ese momento para sacarse la capa que llevaba su personaje y hacer con ella unos pases de capote, en apoyo a las corridas y contra la medida parlamentaria catalana del día anterior. Con ello el cantante obtuvo gritos de aprobación de la concurrencia. Allá él.