Jorge Abbondanza
Las películas de Michael Haneke están envueltas en bruma y lo apasionante es abrirse paso a través de ella, para encontrar lo que ocultan detrás de esa barrera. Así sucedía con las rendijas del abismo entreabierto en La profesora de piano y con el misterio que cubría a los personajes de Caché. Esos son los desafíos que el gran realizador lanza a su público, provocándolo con la complejidad de un mundo personal que se resiste a la exploración. Esa bruma es deliberada, para que funcione igual que la realidad cuando el hombre se esfuerza por penetrar sus significados más profundos. Porque la mirada de Haneke está clavada en el fondo de las cosas y no suele ser fácil acompañarlo hasta allí.
Aquí se interna en las relaciones familiares de los habitantes de un pueblo de Alemania hacia 1913. Entre esa gente se producen actos de violencia que nadie explica, aunque son indicios de brutalidad por debajo de la rigidez de las costumbres y el despotismo de unos sobre otros. En ese rigor y esa domesticación hay claves de lo que vendrá después (la guerra, el nazismo), incubado como el huevo de la serpiente que aquí se abre en la secreta descomposición de un cuerpo social todavía robusto por fuera. Luego de esa indagación, sembrada engañosamente por hechos cotidianos como una muerte, un idilio o un accidente, la película resulta tan cruenta, dura, perversa, larga y aplastante como su propio tema, el de la tragedia alemana del siglo veinte.
La cinta blanca
ficha
Austria, Alemania, 2009. Título original: Das weisse Band. Dirección: Michael Haneke. Guión:Michael Haneke. Montaje: Monika Willi. Fotografía: Christian Berger. Intérpretes: Christian Friedel, Leonie Benesch, Ulrich Tukurm, Ursina
Lardi.
Atención a...
la lentitud ceremonial con que avanza (en blanco y negro) un relato que hace pensar en el viejo cine de Dreyer, de Tarkovski, quizá de Bergman. La maestría de Haneke -fría y despojada- es un caso único en el cine de hoy, donde los creadores no abundan.