MATÍAS CASTRO
Mel Gibson le rompió los dientes a su ex novia. No es chiste. Al menos no como lo plantea Oksana Grigorieva, la novia que tuvo durante un tiempo, con quien tuvo un hijo y una relación que se ha convertido en un escandalote de proporciones. Lo cierto es que el tema del carácter de Mel Gibson no es cosa nueva, y no hay estrellato ni carrera como director que lo pueda corregir, aunque es cierto que su público solo ve lo que hace en la pantalla de cine y no en la vida cotidiana.
El planteo de esta historia viene a cuento de que surge la siguiente pregunta: ¿será destruida realmente la imagen de Mel Gibson ante todo el mundo? Duela o no importe, lo cierto es que la imagen del actor puede cambiar, pero su carrera no tanto, al menos no lo que ven los espectadores. Porque Gibson, por más que golpee a su ex, que insulte a los judíos, que se porte como un bravucón o como un extremista religioso, tiene ya su estatus de estrella de cine que lo coloca en marquesinas y en campañas publicitarias planetarias. De hecho, es probable que haya hecho cosas muy parecidas a esas a lo largo de toda su carrera.
La cuestión delicada detrás de esto es que el asunto de la violencia doméstica de Gibson está teñido por el conventillo mediático. Es que la exposición pública es la única manera en que se juegan partidos como éste, en que ex parejas pelean por miles de dólares de pensiones para sus hijos. En medio de las disputas entre Mel y Oksana surgió la denuncia en la que ella decía que recibió dos puñetazos suyos en el rostro. Y dados los antecedentes de comportamiento agresivo que tiene Gibson, corroborados por periodistas y policías, la historia parece creíble.
Es cierto que historias de violencia como éstas no son frecuentes. Pero aparecen, como las noticias sobre arrestos de famosos, solamente en EE.UU. No es que el resto del planeta farandulero sea trigo limpio, pero las cosas allí se hacen públicas con más facilidad. Son cuestiones de dinero y de prensa rosa.