Alexander Laluz
Un quinteto de "tuqueros" y un disco fundamental (y, claro, bendecido por los premios): Mandrake Wolf y Los terapeutas, que siguen recorriendo camino de "De".
Será en una cita por partida doble en El Tartamudo (Av. 8 de Octubre 2543, ahí donde arranca, o donde termina, según la senda, el viejo túnel), como para no quedarse con ganas. La primera será esta noche y la segunda el próximo viernes, siempre a las 22 horas (entradas, por las dudas, a $250 y se venden en Red Uts).
Datos ya anotados en la agenda, cabría decir que las presentaciones, luego de dos décadas y media entre escenarios y estudios de grabación, son completamente accesorias, o directamente innecesarias. El señor Alberto "Mandrake" Wolf fue durante todos estos años, sacándole punta al lápiz con garganta y guitarra, para dejar algunas de las canciones más atractivas e idiosincrásicas de nuestra música popular urbana.
Con él, un cuarteto, integrado por un veterano en varias ligas, Daniel Jacques en bajo y coros, Gonzalo Gravina en teclados y coros, Luis Martínez en batería (y también se lo ha visto cantar alguna vez, aunque sin micrófono) y Pedro Alemany con su notable estilo guitarrístico.
Combo para rato y con un buen arsenal de canciones swingueadas a fuerza de calle, parche y esas notas justas que arman un fraseo templado en historias de sensibilidades urbanas, candombes, milongones, "tocos" a lo Mateo, y que saben de lo entrañable que puede ser estar "juntos en ese bar" con otro personaje ineludible: El Príncipe.
Hacia fines de 2008, estos señores salieron al ruedo de las disquerías, radios y otras yerbas mediáticas con una obra de la madurez: De (Sondor), producido por Guillermo Berta, integrante de Sinatras. Y con este título se convirtieron (otra vez) en uno de los nombres en la edición 2009 de los premios Graffiti.
Pero antes de los galardones, el disco ya pegaba fuerte en la recepción, con diez canciones paridas entre 2006 y 2008, como resultado de algo que no es sólo un oficio sino una forma de ser y estar en el mundo, como lo definió Mandrake el año pasado a El País: "Es algo que vengo haciendo desde hace muchos años. Escribir canciones es contar historias, muchas cosas". Y son "como visiones interiores, como el título de aquel disco de Stevie Wonder, pero también como una fotografía, una pintura de la realidad que me rodea, pero hecha desde mi visión. Son historias de amor, de la guerra, pero todo pasa por el tamiz mío (...) es algo que yo haría así fuera un millonario o un indigente, porque es una necesidad muy fuerte, una urgencia de sacar cosas para afuera. Y es lo que hago más allá de que la música es mi oficio y de lo que vivo. Es una necesidad y un laburo de 24 horas".
Contundente, poético, físico. Tres adjetivos que bien le caben a este todavía nuevo trabajo; una obra que Mandrake siente que completa una trilogía con los dos anteriores, Amor en lo alto y Hay cosas que no importan, pero con un salto cualitativo muy notorio, potente, en materia de sonido, unidad expresiva y comunicativa. En vivo, estaba cantado, este repertorio De explota con el swing que desata por ciertos territorios "desprolijos" (para la academia del virtuosismo, claro), pero saludablemente saturados de una poética marginalidad y la energía callejera que otrora algunos tuqueros (Roos, Mateo, Rada) volvieron música.