Carlos Alberto Montaner
Los griegos amenazan con quemar Atenas para protestar contra la austeridad que les imponen los prestamistas. Sería inútil. Ese acto bárbaro no los exoneraría de someterse a la única regla económica inevitable: el monto de la riqueza que se gasta, a corto o largo plazo, está condicionado por la riqueza que se produce. Durante cierto tiempo es posible burlar este principio por medio de malabares contables, pero al final no hay otro destino que ajustar gastos e ingresos, como sabe cualquiera que ha manejado un presupuesto familiar.
Españoles y portugueses han tenido que rebajar un 5% el salario de los empleados públicos y aumentar los impuestos al consumo (IVA), pero no será suficiente. En España el sector oficial está sobredimensionado. El país padece una exagerada multitud de empleados públicos que acaso duplica o triplica las necesidades reales. Hoy, cuando el desempleo alcanza al 20% de la población activa, uno de cada cinco asalariados recibe su sueldo del Estado. Eso quiere decir que los trabajadores españoles del sector privado, que es donde radica el grueso del aparato productivo, tienen que pechar por medio de sus impuestos con una carga inmensa que limita su capacidad de generar excedentes. La relación causa-efecto es obvia: a más carga pública, menos recursos para crear empleo productivo y producir bienes y servicios para beneficio de todos.
¿Hay algo que aprender de estas crisis? Sí, pero son lecciones que casi nadie quiere asimilar. No son agradables. Por ejemplo, sería muy útil acotar constitucionalmente las prerrogativas de los gobiernos prohibiéndoles endeudar a la sociedad más allá de ciertos límites y, al mismo tiempo, para que sólo puedan cobrar cierto porcentaje del PIB en calidad de impuestos. Según algunos expertos, ese porcentaje no debe exceder de 20 para que el tejido empresarial consiga ahorrar e invertir convenientemente. Por el mismo procedimiento, podría legislarse la cantidad de empleados públicos con el objeto de limitarlos a una franja de entre el 5% y el 10% de la fuerza laboral.
Los gobiernos, incluso los más honrados, tienen una enorme capacidad potencial para crear las crisis y, en cambio, muy pocos instrumentos para solucionarlas.
Por eso es tan importante que el Estado sea ligero y flexible, y, como el acordeón, se estire y encoja rápidamente para poder adaptarse a circunstancias cambiantes sin afectar la raíz del aparato productivo, que es la única fuente de oxígeno con que contamos. Mientras más obligaciones permanentes tengamos, mientras más nos aferremos a patrones de consumo que no podemos sostener, más difícil será superar las coyunturas adversas y continuar el camino hacia mayores cotas de prosperidad y confort. Sabemos que en los países donde impera la libertad económica cada generación suele vivir mejor que la anterior, pero también sabemos que ese trayecto está lleno de contramarchas e incertidumbre. Para transitarlo, es indispensable viajar ligeros de equipaje. [©FIRMAS PRESS]