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Francisco Faig
Las elecciones dejaron conclusiones contundentes para el espacio no frenteamplista. La decisión ciudadana del domingo implicó contestar, por lo menos, dos preguntas simples.
¿Fue buena la gestión? No hay tanto fanatismo; si la gestión es aprobada, en función de los antecedentes, se la plebiscita. Rocha es el ejemplo. Es simplificar las cosas creer que la única motivación de los no frentistas fue evitar el triunfo de la izquierda.
En los departamentos con triunfo frenteamplista, la suma, en lema común, de blancos y colorados, no habría alcanzado para que ganara la opción tradicional más votada (que en todos los casos, es blanca). La excepción es Artigas. Pero lo es, por el dinero volcado en Bella Unión; por el peso histórico colorado allí; y porque el blanco Silveira fue el candidato individualmente más votado, aunque perdió.
Ahora, si no fue una buena gestión, ¿qué partido tradicional tiene más posibilidades de ganar para así votarlo? En Salto, los colorados: a ellos votaron los blancos. En Paysandú, los blancos: a ellos votaron los colorados. Unos y otros, mayoritariamente, calcularon con inteligencia a qué partido y candidato apoyar para evitar el triunfo de la izquierda en cada circunscripción.
Es por eso que en todos los departamentos con triunfo blanco o colorado, el partido tradicional que no gana, además, pierde votos con relación a las elecciones de octubre.
¿Tiene sentido entonces insistir con una concertación blanca y colorada cuando la ciudadanía, de hecho, ya la dispone, votando libremente por uno u otro en función de intereses y candidatos departamentales? ¿Para qué cambiar la oferta electoral si el ciudadano ya rompió las barreras partidarias?
Admitir esta realidad dice mucho sobre las profundas semejanzas entre blancos y colorados. No históricas; no identitarias. Pero sí de propuestas de gobierno; de visión de futuro del país. Así lo ve la ciudadanía.
Pero es, justamente, porque ella ya percibe esa semejanza que se precisa de la concertación, desde los partidos, para dar opción real de cambio en Canelones y en Montevideo. Allí donde tan grande fue el voto en blanco y anulado. Donde los no frentistas y los sin partido no percibieron que hubiera un proyecto alternativo posible al triunfo de la propuesta-heladera del oficialismo. Y donde vota más de la mitad de los uruguayos.
No alcanza pues con tomar nota, otra vez, de la ratificación electoral de la vigencia del campo tradicional por encima de la identidad blanca o colorada. Se precisa que las autoridades de los partidos tradicionales den sentido y articulación a esta nueva realidad para fortalecer la alternativa nacional a una izquierda de sólidas bases demográficas, regionales, históricas, sociales y culturales.
Que la expliquen, interpreten, y lideren.
La definición del Otro en la escena política nacional no es más entre blancos y colorados, como lo fue a lo largo de todo el siglo XX, sino que es entre los partidos tradicionales o fundacionales, juntos, y el Frente Amplio.
El cambio, que hubiera sido revolucionario hace solo 25 años atrás, ya ocurrió.










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