JORGE ABBONDANZA
Como un eslabón teatral, Alberto Candeau nació en 1910, el mismo año en que murió Florencio Sánchez. Eso quiere decir que en 2010 también se cumple el centenario del actor, fecha que el Uruguay debería conmemorar, si es que algo sigue despierto en su inestable memoria. Recordar a Candeau le corresponde ante todo a la Intendencia Municipal de Montevideo, cuya burocracia lo jubiló compulsivamente cuando cumplió 70 años, dejando sin efecto su contrato anual con la Comedia Nacional, de acuerdo a un reglamento administrativo que confundía a un artista con un operario o un oficinista. Esa ignorancia del valor imponderable (e intemporal) del talento, debería remediarse ahora con homenajes por el centenario de Candeau, para ver si los organismos públicos aprenden alguna lección.
Candeau figuró en el elenco oficial desde los comienzos de esa institución, pero antes tuvo intensa actividad escénica, particularmente con Carlos Brussa, en una troupe que solía recorrer el país a caballo. Fue sin embargo en la Comedia donde alcanzó la cima de su prestigio, transitando por un notable repertorio que lo mostró en la plenitud de sus recursos expresivos y en el empleo de una voz abaritonada y de extraordinaria sonoridad, como no hubo otra en el rango masculino del teatro uruguayo. A través de los años, el actor se destacó en compromisos dramáticos tan variados como Barranca abajo de Florencio (1953), Viaje de un largo día hacia la noche de O`Neill (1961), Galileo de Brecht (1964), Tío Vania de Chejov (1974), El avaro de Moliere (1977), La nona de Roberto Cossa (1978) o El vestidor de Ronald Harwood (1983), aunque también dirigió al elenco municipal en un doble programa de sainetes (1983) o en El chalé de Gardel de Víctor Manuel Leites (1985) por ejemplo.
El recuerdo perdura en quienes lo trataron, no sólo por su calidad artística sino además por su incomparable dignidad personal, que se notaba tanto en grandes gestos como en menudas actitudes de cada día. Sobre esas cualidades fue elegido en 1983 para leer la proclama con que culminó el enorme acto popular en torno al Obelisco. Cerca de allí sigue viva su imagen en el monumento implantado a su memoria. Pero al margen de las áreas escénicas, el actor había trabajado en otros medios como la radio, la televisión y el cine, donde protagonizó una película argentina (El candidato de Fernando Ayala, 1959) en la que tuvo un personaje a su medida. En todos esos terrenos fue una presencia de primer orden para la masa de espectadores, durante cuatro décadas que entre otras cosas coincidieron con el apogeo del teatro montevideano. Cabe agregar que Candeau murió a los 80 años, en 1990.
Ahora, para que no se sienta solo en el centenario, su estampa desfila junto a la de grandes colegas de la época, desde Guarnero y Preve hasta Triador, Branda, Cerminara, Solari, Braidot, Salzano, Schinca o Halty, ilustres fantasmas que en este mundo enriquecieron largos años de actividad y que también nos miran desde el Olimpo, un sitio del que el olvido no debe desalojarlos.
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