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Entonado por su popularidad dentro de Brasil, el presidente Lula procura ganar espacios en la escena internacional. El problema es que sus lances en política exterior reciben más críticas que aplausos, lo que prueba que ser buen gobernante no garantiza tener habilidad diplomática. La injerencia de Brasil en el caso del depuesto presidente Zelaya en Honduras fue un paso en falso. Otro episodio infeliz fue la bienvenida que Lula le brindó en Brasilia al presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, quien prosigue su escalada nuclear. Por último, su visita a Cuba mientras el disidente Orlando Zapata moría en la cárcel no sólo lo mostró ajeno a la situación de los derechos humanos en la isla sino que exhibió a un Lula solidario con la tiranía castrista. Es verdad: a veces más vale quedarse en casa.








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