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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Reflexiones

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Enrique Beltrán

Hay un texto constitucional que se jura al iniciar todo nuevo gobierno. Juramento y texto tienen entre sus cometidos servir de marco al funcionamiento de nuestras instituciones, de reconocimiento y garantía de los derechos de la persona humana, de la competencia de los órganos más importantes del Estado. Es la normativa esencial, reguladora de la convivencia de una comunidad, con una historia que la fue edificando, con un futuro que se pretende forjar en común. Cuando se pone en movimiento este andamiaje jurídico, se producen disonancias provenientes de la diversidad de interpretaciones, entre el contenido normativo y las decisiones de sus gobernantes. Discrepancias, apasionadas a veces, no siempre de buena fe, inherentes al funcionamiento de la democracia.

Otras veces el desconocimiento de la Constitución no es hijo de un error, sino un propósito para eludir esa traba que obstruye algo que se quiere conseguir e imponer. Cuando es reiterado, apunta a un proceso de desgaste para que buena parte de la población no se conmueva, si el deterioro y el desconocimiento fueran dando por tierra con ella. Es casi seguro entonces que el propósito de tales desprecios a la normativa institucional sea abrir camino a una reforma constitucional prohijada por sectores de la izquierda comunista, cuya primera preocupación sería la de desmantelar las garantías de un Estado de Derecho. Para la mentalidad totalitaria es el blanco preferido a disparar contra aquel. Progresivamente abolido, para que adquiriese en cambio, vigencia un régimen lindero al del partido único, desoídos o marginados los otros, mientras las libertades se van asfixiando quizá hasta el ahogo. La andanada de huelgas, de parálisis, de enfrentamientos, con un Estado que va dejando un reducto cada vez más pequeño para la libertad de la persona humana. Se va acentuando así la distancia entre un Estado sometido al Derecho como emerge de la Constitución y una realidad que no vacila en atropellarlos. Los buenos propósitos manifestados por el presidente José Mujica en forma solemne cuando pronunció el discurso de asunción a la primera magistratura del país, en el discurrir de casi un año, aun a través de sus declaraciones a veces contradictorias o improvisadas, se han concretado en muy moderada dosis. En cambio han desatado el furor de los reclamos y enfrentamientos con la parálisis de servicios públicos y la hinchazón burocrática del presupuesto y de sus propios servicios. Son realidades que arriesgan desplazar lo que parecía prometido en aquel discurso, pues hacen de la privación de los derechos de la gente una bandera siempre pronta para agitar en sus manos.

Los viejos partidos identificados con la historia del país, a través de cuyas páginas supieron con el esfuerzo tantas veces heroico de su gente, consolidar la independencia, el cúmulo de libertades de sus ciudadanos y abrir la cancha y las posibilidades para que otras fuerzas políticas alternaran en democracia nacional a través de la rotación de los partidos en el poder según así lo decidiera la libre voluntad de su pueblo expresada en sufragios cada vez más limpios y cada vez más auténticos.

La intervención del Estado es cada vez más excesiva en medio de una prosperidad creciente que no obsta a que desde el poder haya sectores del partido de gobierno que lo sueñan como objeto de eternizada propiedad partidaria. Felizmente creo que en el sueño se quedarán.